Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    El pais del Sol poniente.

    Érase una vez un pequeño país con nariz prominente que olisqueaba el aroma a salitre del mar que lo rodeaba, y que miraba con curiosidad más allá de los confines que su vista le permitía otear. Era un país de suaves y verdes colinas, de pequeñas ciudades encantadas, de gentes tranquilas y melancólicas que al igual que su tierra miraban con curiosidad el mar, y que con una mezcla de miedo y determinación destruyeron “el non plus ultra” que durante siglos limitó a una humanidad encerrada en sí misma. El rostro de Eurasia fue pionera en la mezcolanza de pueblos distintos que hasta ese momento vivieron de espaldas. También fue cuna de injusticias. Al igual que no se resistió al mestizaje, no dudó en abanderar el comercio de esclavos. Pero en sus carnes sufrió tanto como esos pobres “pretos”. Cientos de veces destruida y otros tantos cientos reconstruida, ha llegado hasta ahora, quizás cansada y con arrugas en el rostro, pero más viva que nunca. Todos los frutos recogidos del mundo han dado lugar a una sencilla sofisticación de la que ni siquiera ellos son conscientes. En su secular complejo de aislamiento, el mismo que les hizo salir en busca de nuevas tierras, desafiando todos los monstruos mentales que moraban en el fondo de los ocános, han entretejido un universo en miniatura sencillamente complejo. Ignorar ese hecho les da más encanto si cabe. La extrema amabilidad de sus gentes, la delicadeza con la que construyen sus frases, la melancolía de sus canciones han hecho mella en mí. Es ésta una historia de amor. Es éste rostro largo y severo con nariz prominente mi gran amor. Señoritas más finas y extremamente bellas han intentado seducirme, pero siempre vuelvo a ti, con insistencia. Me gusta dormirme a tu lado, en una playa perdida del extremo occidental. Me gusta soñar contigo y aunque a veces flaquea tu autoestima y no valoras tus virtudes, yo me muestro fuertemente convencido de tus méritos y creo en ti. Quizás te miro con la ternura y la insensatez irreal de un enamorado, pero después de casi quince años sigo viéndote tan hermosa como el primer día en que te conocí. Creo que te seré fiel hasta el último día y seguiré volviendo una y otra vez para dormir abrazado a ti en una playa perdida y observar juntos ese océano que lava tu cara.
     
    Mariza:"O gente da minha terra"
    Cargado por bridgets

    ¿Qué fué de Manah Manah?

    ¿Qué fue de Manah Manah, el otrora joven y prometedor cantante hippie unicejo, de melena y barba parda y poblada? Esta pregunta me asalta a cada instante y no me deja conciliar el sueño. Como suele suceder con todas las figuras míticas: Greta Garbo, James Dean, Elvis presley, Jesús Gil, su persona está rodeada de cientos de conjeturas, siendo muchos los que afirman que no ha muerto, y otros, los menos, los afortunados que dicen haberlo visto. Unos son de la opinión de que Jim Hemson, su mentor, era su amante y que ambos se retiraron del mundanal ruido en una casita situada en un valle recóndito del Himalaya, pero yo lo dudo. Jim era algo promiscuo y “pijo”, nada del estilo de Manah, que jamás hubiera admitido sus escarceos con Peggie, Kermin, Gonsho, o cualquiera de los muñecos que se le ponía a tiro. Otros afirman que Manah se unió a una secta que marchó a la Guyana para allí montar una sociedad idílica, pero dudo que su despampanante figura y su sed de protagonismo se adhiriera bien a los principios anuladores inherentes a una secta. ¡¿Os podéis imaginar al líder sermoneando y a Manah con la boca cerrada?! Francamente, yo no… Más bien me imagino al susodicho líder exclamando: “¡¡¡Siiii, el maná caerá del cielo, aleluya!!!” y a él preguntando: “¿Manaaaahhh, manaaaaahh?” Hubiera durado exactamente cinco minutos, descartado. Por otro lado, están los que elucubran que al más puro estilo “Baby Jane”, se quedó a vivir con su hermano pequeño, un tal Bustamante, de quién aquí no hemos oído hablar mucho pero que triunfó en Sudamérica. Mientras la carrera de Manah se iba apagando, la de Busta iba subiendo como la espuma. Comentan que no pudo soportar la presión de la decrepitud y que enloqueció, matando a su hermano en un ataque transitorio de enajenación. Aquellos que lo han visto en el psiquiátrico afirman haberlo visto con la mirada perdida, peinando a una muñeca rubia y repitiendo continuamente: “¿qué fue de Manah Manah?” Personalmente tampoco creo en esta última hipótesis, pues ese tal Bustamante sigue berreando por Sudamérica, y aunque aquí no lo conozca nadie, tengo un amigo que tiene un amigo que conoce a un chileno que tiene un primo que dice haber ido a uno de sus conciertos en el festival de Viña del Mar. ¡Increíble, pero cierto! Descartado también. Yo creo que tal y como pasó con Greta, James, Elvis y Jesús, Manah decidió desaparecer cuando su estrella más despuntaba para así ser eterno y brillar en el firmamento de las estrellas incombustibles. ¿Dónde está? Poco importa. Si a caso, de tanto en tanto dejará verse furtivamente para alimentar su leyenda. Ahora sólo nos queda unos cuantos videos de sus momentos más estelares para calmar las ansias de sus pobres fans desconsolados. Yo que lo pude ver en vivo y en directo en el Radio City Music Hall en el año 1975, os aseguro que estos vídeos no le hacen justicia, pero no tenemos nada más. Así pues, os dejo con uno de sus momentos más culminantes y quiero que sirva como mi más sentido homenaje al mayor cantante del siglo XX. Va por ti, Manah, allí donde estés, tu mayor admirador jamás te olvidará…

     

    DE LO VISIBLE E INVISIBLE...

    En el otro extremo de la calle alguien me sonríe tímidamente, me habla sólo con su mirada evasiva. Nunca lo había visto, ni siquiera sé por qué me sonríe, ni qué ve en mí entre los cientos de personas que nos rodean. Un Mercedes ostentoso pita al Suzuki azul que le ha adelantado imprudentemente. El conductor lanza improperios para quien los quiera escuchar. Una manzana, dos naranjas, un limón y una pequeña calabaza ruedan hacia mis pies. Vienen directamente hacia mí y salto para sortearlos. A alguien se le ha roto la bolsa perdiendo su exigua compra. A mi vecino de semáforo le huelen las axilas y se entremezcla con el olor a perfume de la chica del vestido rojo. Me estoy mareando. Un perro lame la pierna de su amo, pidiéndole atención. Un niño empuja a su amigo y le quita de la mano un cómic de manga. El ejecutivo mira su reloj con preocupación, quizás llega tarde a una cita que puede cambiar su vida profesional. La niebla se va evaporando, dejando aparecer unos tímidos rayos de Sol. puedo escuchar el sonido que emiten los cientos de zapatos que pisan las hojas que cubren el suelo. Nadie parece percatarse de que existen, pero tampoco se fijaban en ellas apenas hace dos meses, cuando presumían de su verdor diez metros más cerca del cielo. Se ha levantado una ligera brisa que acaricia mi cara y atrae hacia mí el olor a castañas recién tostadas. Justo a veinte metros metros, una vieja castañera remueve su lata. Un chino le acaba de comprar un cucurucho. Qué extraño se me hace ver a un hijo del extremo oriente comiendo comida occidental, aunque esta sea un simple cucurucho de castañas. Se le ve feliz, quizás se sienta libre de las miradas sojuzgadoras de sus superiores. Lo que comenzó como una ligera brisa se ha convertido en un vendaval que hace que las hojas vuelen del suelo. El vestido rojo de mi vecina casi es arrancado por su fuerza. La chica se sonroja y los niños que hasta hace un instante andaban ocupados en sus juegos, arrancan a reír. Un abuelo los increpa: “venga, ¿es que no tenéis educación? ¡No os riáis de la muchacha! Los niños se burlan mientras se escapan corriendo. Otro anciano mendigo, tirado al lado de un banco se abraza a la pierna de una asustada señora. La mira con los ojos llorosos y suplicantes, gritándole “¿Quién me robó mi vida?” La señora cambia su cara y lo mira con compasión. “Pobre hombre, ha enloquecido de soledad”. Las naranjas y el limón siguen su carrera sin fin, ¿quién ganara? No puedo evitar sonreír ante tanto suceso contenido en tan poco tiempo. Mis sentidos se agudizan cuando estoy parado, cuando no tengo nada mejor que hacer que esperar y observar. Entonces miro la vida sin prejuicios y puedo percibir los nexos que nos unen a todos. Mientras voy interiorizando cuanto he visto, el semáforo se ha puesto en verde. Al cruzar la calle me asalta una pregunta: si tan sólo con un poco de atención se abre ante mí ese mundo tan complejo, si todo esto es lo que contiene tres minutos, ¿qué no contendrá la vida de cada una de esas personas?