Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
EL MUNDO EN TRES MINUTOSEn el otro extremo de la calle alguien me sonríe tímidamente, me habla sólo con su mirada evasiva. Nunca lo había visto, ni siquiera sé por qué me sonríe, ni qué ve en mí entre los cientos de personas que nos rodean. Un descapotable ostentoso pita al Suzuki azul que le ha adelantado imprudentemente. El conductor lanza improperios para quien los quiera escuchar. Una manzana, dos naranjas, un limón y un melón ruedan hacia mis pies. Vienen directamente hacia mí y salto para sortearlos. A alguien se le ha roto la bolsa perdiendo su exigua compra. A mi vecino de semáforo le huelen las axilas y se entremezcla con el olor a perfume de la chica del vestido rojo. Me estoy mareando. Un perro lame la pierna de su amo, pidiéndole atención. Un niño empuja a su amigo y le quita de la mano un cómic de manga. El ejecutivo mira su reloj con preocupación, quizás llega tarde a una cita que puede cambiar su vida profesional. Las primeras hojas comienzan a caer, puedo escuchar el sonido que emiten los cientos de zapatos que las pisan. Nadie parece percatarse de que existen, pero tampoco se fijaban en ellas apenas hace un mes, cuando presumían de su verdor diez metros más cerca del cielo. Se ha levantado una ligera brisa que acaricia mi cara y atrae hacia mí el olor a castañas recién tostadas. Justo a veinte metros metros, una vieja castañera remueve su lata. Un chino le acaba de comprar un cucurucho. Qué extraño se me hace ver a un hijo del extremo oriente comiendo comida occidental, aunque esta sea un simple cucurucho de castañas. Se le ve feliz, quizás se sienta libre de las miradas sojuzgadoras de sus superiores. Lo que comenzó como una ligera brisa se ha convertido en un vendaval que hace que las hojas vuelen del suelo. El vestido rojo de mi vecina casi es arrancado por su fuerza. La chica se sonroja y los niños que hasta hace un instante andaban ocupados en sus juegos, arrancan a reír. Un abuelo los increpa: “venga, ¿es que no tenéis educación? ¡No os riáis de la muchacha! Los niños se burlan mientras se escapan corriendo. Otro anciano mendigo, tirado al lado de un banco se abraza a la pierna de una asustada señora. La mira con los ojos llorosos y suplicantes, gritándole “¿Quién me robó mi vida?” La señora cambia su cara y lo mira con compasión. “Pobre hombre, ha enloquecido de soledad”. Las naranjas y el limón siguen su carrera sin fin, ¿quién ganara? No puedo evitar sonreír ante tanto suceso contenido en tan poco tiempo. Mis sentidos se agudizan cuando estoy parado, cuando no tengo nada mejor que hacer que esperar y observar. Entonces miro la vida sin prejuicios y puedo percibir los nexos que nos unen a todos. Mientras voy interiorizando cuanto he visto, el semáforo se ha puesto en verde. Al cruzar la calle me asalta una pregunta: si tan sólo con un poco de atención se abre ante mí ese mundo tan complejo, si todo esto es lo que contiene tres minutos, ¿qué no contendrá la vida de cada una de esas personas?
EL PODER DE UNA CANCIÓNLos ejércitos marchan victoriosos, y en su subconsciente colectivo navega la idea de imponer por la fuerza un ideal que pone a su patria por encima de la tierra que sus botas pisan. Perdido entre el pelotón, algún que otro soldado, siempre los menos, siente remordimientos por mancillar el honor de una tierra que bien podría ser la de alguno de sus ancestros. Mientras, en el interior de alguna taberna, entre humos, alguien aviva el fuego de la libertad. Siempre es la misma vieja canción prohibida, maldita por vieja y arraigada y por tanto por constituir un himno colectivo. Las notas lastimeras se confunden con el ruido de las botas contra la calzada, pero estas no pueden acallar el grito de libertad que ya ha prendido en el corazón de todas las mujeres y hombres que moran en esa desvencijada taberna. Poco a poco, muchos otros hombres y mujeres de otras tantas tabernas van aunando su lastimera voz, extendiéndose por toda la tierra ocupada. Ahora las botas saben que no podrán acallar la verdad y que más temprano que tarde dejarán de sentirse sus insolentes pisadas. Es el peor momento para el invasor, el instante exacto en que duda por primera vez de su ideal, en el que la palabra cantada comienza a vencer a la fuerza de las armas. Bien entrada la noche, cada una de esas almas que a primera hora estaban vencidas, volverán hacia sus casas con la moral como arma y el ansia de libertad como munición. Se está gestando la revolución de la verdad, la misma que los llevará hacia la libertad. Ellos aun no son conscientes de ello pero en su interior mora la semilla de la resistencia. Los invasores en su petulancia subestiman a sus súbditos, e ignoran que es infinitamente mayor el poder de la resistencia que el de la lucha. Ellos que están tan ocupados en destruir a las guerrillas combatientes no saben que a ellos les sigue, en la retaguardia, un sin fin de resistentes que portan la razón como única arma. Pero, ¿cuándo los soberbios han creído que la razón constituye un peligro? Mientras la noche cae y las últimas tropas se retiran a sus cuarteles a pernoctar, algún que otro soldado, ahora cada vez los más, se preguntan qué están haciendo lejos de sus hogares. Sus pensamientos están con los que se han quedado en casa. Sueñan con sus novias, hermanas y madres y en qué harían ellos si el azar hubiera querido que fuera su tierra la usurpada. Otra vez la nostalgia se apoderará de sus almas, ellos que fueron aquellos jóvenes orgullosos que enarbolaban la bandera de una falsa libertad. Entonces mirarán a sus corazones y verán que no son tan diferentes de ese viejo enjuto que cantaba en la taberna del pueblo, y desearán unirse a su canto de libertad, aquel que los devolverá a casa de nuevo. Por fin la semilla de la razón se ha hecho un lugar en el corazón del invasor, y en la próxima primavera germinará dando lugar a millares de flores que nacidas del odio ondearán en el cañón de cada fusil, mientras las tropas vuelven a sus hogares, cantando junto al pueblo antes subyugado esa vieja canción libertaria, y juntos demostrarán el poder de una canción. Dedicado a todos los pueblos subyugados. Al pueblo irakí que sometido por las tropas norteamericanas ha descendido a los infiernos de la incertidumbre. Vuestra canción más temprano que tarde os hará libres, siempre ha sido así, siempre será así. A vosotros, tropas ocupantes del ejército de los Estados Unidos, a vuestros hijos engañados que creen defender la libertad. Algún día, muy pronto, portareis flores en vuestros fusiles y marcharéis camino a casa entonando la misma canción del pueblo ocupado, y entonces y sólo entonces entenderéis que no sois tan diferentes...
DEL ENAMORAMIENTO Y SUS INCREIBLES IMPULSOS...¿Qué nos impulsa a proyectar en los demás nuestras ilusiones? Cuando el deseo aprieta nuestra carne hasta las entrañas, el mundo real desaparece y rompemos todos los límites, incluidos los que nos colocan la persona fruto de nuestros deseos. Juramos y perjuramos que jamás sentimos algo igual y olvidamos que hubo un tiempo, un lugar, un instante en el tiempo en el que pronunciamos el mismo juramento. Siempre reproducimos el mismo patrón: palpitaciones, ensimismamiento, despiste, y un repentino interés por la hoja otoñal que cae, o la tierna e incipiente flor de primavera que hasta entonces habían pasado por nuestras vidas sin pena y sin gloria. Cuantas horas pensando exclusivamente en el fruto deseado, cuanta salivera imaginando su sabor. De repente buscamos cualquier oportunidad para tropezarnos, “casualmente”, con nuestro futuro amor, al que le sonreímos tontamente ante cualquier muestra de lo que a nosotros nos parece ingenioso. Cuando nos preguntan cómo nos va todo, intentamos buscar las palabras exactas que puedan expresar cuan interesante es nuestra vida con la finalidad de crear en el otro la sensación de querer participar de tan increíbles experiencias. Esos segundos que pasamos junto al fruto prohibido se dilatan pareciéndonos horas, creándonos la necesidad de buscar cualquier excusa para volver a coincidir. Son momentos confusos en los que se duda si nuestra semilla de ingenio germinará, dando lugar al amor. En cierta manera la persona deseada es la manzana y nosotros la serpiente tentadora de ese Edén que es nuestro pequeño gran mundo. Esos instantes de miradas esquivas y juego del ratón y el gato son los más sublimes y estúpidos en la vida de una persona. En un solo día eres capaz de ascender a los cielos diez veces y bajar otras tantas a los avernos. Pero ese sin fin de subidas y bajadas son todo un lujo, pues disponemos de un ascensor de alta velocidad que dispara nuestro corazón a más de mil kilómetros por hora. Un día, por fin, después de tantas subidas y bajadas, después de tantas extrañas coincidencias, nos atrevemos a exponer nuestros sentimientos al fruto de nuestros deseos. Balbuceamos nuestra propuesta, mientras un sudor frío aparece en nuestra frente y nuestras manos se hielan, y en el interior de nuestra mente reverbera el temor al NO. Cuando por fin hemos acabado, cerramos los ojos en un intento de conservar la calma y poder asumir una negativa, y entonces se hace el silencio, la otra parte te toma la mano, te mira a los ojos y te dice: SÍ. La fruta por fin a madurado y cae en tus manos. La serpiente tentadora ha conseguido su objetivo y se aleja con su fruto prohibido. Ahora toca conservarlo, pero esa será otra historia... CAPITANES INTRÉPIDOSEl capitán Nemo representa a todos esos inconformistas que jamás han querido aceptar las respuestas prefabricadas desde el poder, y que contradiciendo radicalmente los códigos de conducta de su época lucharon contra viento y marea por destruir la injusticia que se esconde detrás del mundo oficial y del poder establecido y consolidado. Es un personaje muy decimonónico, un desheredado, no ya de los recursos económicos de los cuales no carecía, sino del sistema de pensamiento imperante en la sociedad del momento. Era un nieto decepcionado de la revolución francesa, que en la década de 1860 ya había olvidado la libertad, la igualdad y la fraternidad. A su vez era hijo del imperialismo y del incipiente capitalismo, ambas contemporáneas de una consolidada revolución industrial que abogaba por la supresión de las distancias y que dictaba que el hombre llegaría a dominar el universo. Pero a diferencia del abuelo revolucionario que gritaba a los cuatro vientos la igualdad del hombre, el hijo hace apología de la desigualdad y relega a la mayor parte de la población al papel de meros productores sin derechos, cuando no a la más explícita esclavitud. Es en ese contexto de imperios y países conquistados dónde aparece la figura de un hombre, el capitán Nemo, que acosado por la civilización que ha acabado con la vida de su propia familia, y rehusando formar parte, se desprende de toda su condición humana y se independiza de ella. ¿Adónde había ido a buscar Nemo esa independencia que le rehusaba la tierra habitada? Bajo las aguas, en la profundidad de los mares, donde nadie podría seguirle. Allí, en la seguridad que le proporcionaba su submarino, utiliza la tecnología a su alcance para reconquistar el mundo de la locura y devolverlo a la cordura. Para el mundo oficial y para los "libre-no pensadores" que formaban parte del redil no era más que un criminal. Pero ¿puede llamarse criminal a alguien que liberaba barcos repletos de esclavos, aun pasando por las armas a sus opresores, qué utilizaba los antiguos tesoros hundidos no ya para su propio uso, sino para darlos a los más desfavorecidos, a las gentes de las naciones sometidas por la civilización? La llamada a la subjetividad y por tanto a hacer un juicio ponderado en el que suele acabar ganando la condena de Nemo no es más que un canto de sirena del sistema oficial. De nuevo la civilización intenta perpetuarse. ¿No es acaso esta idea de civilización como un cáncer que logra engañar al organismo sano, disfrazado de bondad, hasta qué ya es demasiado tarde para que el cuerpo reaccione, llevándolo a la muerte? ¿No es eso lo que está sucediendo con nuestra sociedad? Las bondades de la revolución industrial, las mismas que nos han llevado a un período ilusorio de prosperidad, nos han engañado y justo ahora que se vislumbra el final fatal intentamos destruirlo. El capitán Nemo era la quimioterapia de ese cáncer civilizado, y por lo tanto tenía sus efectos secundarios adversos. Sí, era radical, pero más aun lo era la civilización de la que huyó, sólo que ésta tenía al alcance todos los poderes acumulados durante generaciones. Son muchos, cada vez más, los nemos que huyen de la civilización para refundarla en valores más acordes con la naturaleza, y aunque mucho se nos ha tomado, mucho queda, y al igual que Nemo, permanecen imperturbables en la cabina de mando, buscando sus destinos, combatiendo la ceguera de un sistema que nos lleva a la deriva y al inexorable naufragio. Al final la titánica boca de la civilización logró devorar al Nautilus. En los últimos momentos que le restaban de vida, un herido pero imperturbable Nemo, observaba por última vez las maravillas y la paz que irradiaba el fondo marino. En sus pensamientos no se sentía derrotado porque sabía que su lucha, sus ideas, no eran las de un criminal loco, sabía que quedarían hibernadas en el fondo de los corazones de todos los seres, a la espera de que en un futuro surgieran seres capaces de reflotar al viejo y oxidado Nautilus y retomar su idea de libertad y justicia, esta vez para ganar la batalla final . En esa ensoñación, Nemo cerró los ojos por última vez. Sí, verdaderamente la lucha había merecido la pena.
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