Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
¿Mató realmente el video a la estrella de la radio?En 1979 saltaba a la fama una canción que no paraba de sonar en todas las radios del mundo. Se titulaba "video killer the radio star". La letra aseguraba que el video había matado definitivamente a la estrella de la radio. O, al menos, eso parecía en aquellos tiempos cambiantes en donde el nuevo-antiguo régimen pasaba el testigo a un nuevo mundo post-tecnológico en el que la anquilosada industria pesada debía reestructurarse y dar paso a las nuevas tecnologías, aparentemente más limpias. La frase que más se escuchaba por aquellos días era "reconversión industrial". El nuevo orden iba a cambiar la faz de la tierra convirtiéndola en un mundo feliz. Eran estos los años de los yuppies, de los altos rendimientos en la bolsa, y del beneficio rápido. En definitiva, los años del neo liberalismo. Por entonces Entronizaban a un nuevo emperador del sacro imperio. Su nombre: Ronald Reagan. El sería durante toda la década de los ochenta el líder que nos guiaría en la cruzada contra el malvado comunismo. En la Europa del Este, y más concretamente en Polonia, parecía abrirse una pequeña grieta en forma de resistencia sindical contra la dictadura. Había nacido Solidaridad y su fundador, Lev Walesa, habría de ser uno de los caballos de Troya que permitirían dinamitar el comunismo desde dentro. Otro personaje se erigió en emperador del otro gran imperio. Mijail Gorbachov venía a salvar a la otra mitad del mundo, a renovarla, a redimirla del anquilosado aparato burocrático comunista. Su misión: introducir cambios para llevar la ideología socialista al siglo XXI y reconvertirla a la democracia.
Los ochenta tocaron a su fin de manera ruidosa. Un día de Octubre de 1989 caía el muro de Berlín y con él calló también el "imperio del lado oscuro". El capitalismo había vencido y se había legitimado para dar el siguiente paso. Nacía la globalización y con ese simbolismo los ochenta daban la mano a los noventa que debían encargarse de consolidar los planes del retirado sacro emperador y sus secuaces de Wall Street. Fue esta una década políticamente muy correcta, quizás como nunca, pero sólo se trataba de apariencias. En este nuevo mundo unilateral en el que todo estaba regido por la ideal del Imperio Universal, tan sólo las palabras eran correctas. Detrás de estas se escondía la continuidad solapada. La idea de una economía global no trajo la paz, al contrario, los conflictos se agudizaron. Mientras Occidente celebraba la "Pax Universal" Yugoslavia se desmembraba y se hundía en la miseria de la guerra. media Ruanda asesinaba a la otra mitad y Sudáfrica daba el poder a los negros, eso sí, sin acceso a la economía de su propio país. Los blancos seguirían estando sin estar. Muchos cambios y muy pocos resultados. Nada nuevo bajo el Sol. Los años políticamente correctos que debían consolidar el nuevo orden se alargaron en el nuevo milenio, y sólo algo parecía que podría cambiar esta dinámica. Un once de septiembre de 2001 el denominado terrorismo islámico asestaba una estocada en el mismísimo corazón del león. La seguridad y la autocomplacencia de la "pax universal" se tambaleó, y con el presunto fin de sostener el nuevo orden, la bestia se revolvió y uso toda su fuerza para defender los incólumes valores del capital y la democracia. Nuevas guerras surgieron: Primero Afganistán, después le tocó el turno a Irak. Este es el preciso instante en el que nos encontramos. El nuevo emperador del sacro imperio y sus reyes satélites nos han prometido que una vez ganada la guerra todo cambiará y podremos conseguir la ansiada felicidad social. Pero resulta que ahora algo viene a enturbiar tanta felicidad. De la nada y repentinamente, al menos de cara a la opinión pública, ha surgido una crisis que hunde en lo más profundo los cimientos de la banca mundial. Incluso así no pasa nada, la respuesta a tanto desmán es la refundación del capitalismo. De nuevo el capitalismo se sucederá así mismo y se hará más fuerte. Otro cambio sin cambios... Y pronto, quién lo sabe, el rey negro Obama destronará la rey blanco Mckein y parecerá que el cambio ha ganado la partida de ajedrez, pero presiento que será una mera ilusión, como siempre... En el fondo nada ha cambiado desde los viejos días de la revolución francesa. Entonces los que la tramaron no eran los pobres y desheredados sino las fuerzas burguesas. Éstos decían: "hagamos un cambio para que no cambie nada". Doscientos veinte años después la frase está más vigente que nunca. Nos hemos acostumbrado a los eufemismos en lugar de buscar la verdad y nos hemos dormido entre los brazos de la auto complacencia, cosa que aplana el camino a esas fuerzas (las de siempre) que no quieren que nada cambie. Al fin y al cabo, ni el cine acabó con el teatro, ni los relojes digitales desbancaron a los analógicos, y de la misma manera apuesto mi cuello a que Internet no acabará con la música ni los artistas, y por encima de todo, y como símbolo de todos esos cambios sin cambios, jamás el video mató a la estrella de la radio, sin embargo aquel si desapareció convirtiéndose tan solo en un Viejo recuerdo. SÓLO VIDA...La vida es una mezcla de expectativas y falta de atención. Expectativas porque no paras de esperar, ansías que todos los sucesos posibles se materialicen. Sin embargo, mientras esperas, muchas cosas suceden a tu alrededor y pasan a tu lado, casi las puedes ver y tocar, pero pasan de largo sin tan siquiera haberlas probado. Quizás en esos sucesos que te pasan desapercibidos se encierran secretos insondables, pero no les has prestado atención pues no son explícitamente atractivos. Existen momentos en la vida que se presentan como una encrucijada en la que has de tomar una decisión vital. Mi experiencia me ha acabado enseñando que detrás de la aventura, tras las luces de neón no siempre se esconde la mejor de las posibilidades. Es más, muchas veces detrás de lo que a priori nos parece demasiado anodino puede haber algo o alguien que sencillamente está. Pero estamos acostumbrados a acontecimientos rápidos y fascinantes, por lo demás poco perdurables, y no valoramos el verbo ESTAR en toda su magnitud. ¿Cuántas veces no hemos perdido la cabeza y nuestro escaso tiempo persiguiendo la sombra de alguien a quien poco importamos? Ese alguien que magnificamos nos parece maravilloso precisamente por el hecho de resultar inalcanzable, y creemos que la dedicación de uno sólo de sus minutos equivale a un siglo. Quizás, en la sombra, hay alguien que para nosotros pasa desapercibido pero que nos mira con sigilo, que busca nuestra compañía, pero lo desechamos por no resultarnos tan atractivo. Otras tantas veces, esperamos reacciones de quienes nos rodean, buscamos que se preocupen, que nos hagan sentir queridos y admirados, y cuando no lo hacen caemos en el auto compadecimiento. Nos decimos que estamos solos cuando lo que realmente sucede es que estamos perdidos en la nebulosa de la expectativa. Quizás buscamos la atención de esos dioses que hemos encumbrado sin tan siquiera merecerlo, pero olvidamos que nuestra falta de atención nos está jugando una mala pasada. De repente surgen personas que nunca hubiéramos pensado que podrían tener un interés en nosotros y que resultan ser las únicas que en ese instante demuestran estar por ti. Es curioso, pero en esos momentos lo que antes nos parecía invisible toma forma e incluso puede llegar a parecernos atractivo, y te preguntas: ¿Cómo es posible que no me hubiera percatado de su existencia? Y existía, sí, pero tú sólo andabas preocupado de esperar y esperar… He de reconocer, no obstante, que a mis treintaytantos, lo que antes era expectativa, sin más, ha ido siendo substituido por la consciencia del expectante, o sea, del que se sabe que espera pero que ya no sólo se conforma con mirar sino que también quiere ver. Ahora no me conformo con lo que mis engañosos ojos me dicen, sino que también pregunto a mi corazón, y éste, ahora que estoy dispuesto a escucharlo siempre me responde que no me conforme con lo que parece ser sino que lo toque, que lo viva, que ponga toda mi atención y mis ganas independientemente del atractivo del embalaje que lo envuelve. Detrás quedan las oportunidades perdidas, lo que en su momento parecieron feos por mi parte, pero que hoy puedo asegurar que sólo era ignorancia. No tiene sentido volver atrás, intentar desvelar aquello que en su momento ignoré. Ahora sólo cabe esperar seguir el camino con esta lección aprendida, que no es poco. Estar atento a todo cuanto se cruza y mirar a los ojos de mi interlocutor, pues estos no engañan. ¿Dejar de tener expectativas…? ...No, quizás el secreto esté en poner toda mi atención.
Un año después, y cómo no, en otoño, me vuelvo a acordar de ti, de cómo hubieran podido ser las cosas si en lugar de sentirme atraído por un neón hubiera seguido contigo. No soy de los que se lamenta, no, no voy a decir "¿Por qué lo hice?" Sin embargo no deja de ser curioso como a veces puede marcarnos el silencio y la sencillez de alguien. Tú me marcaste sin saberlo y has hecho algo que todos esos neones jamás podrían soñar: me cambiaste la vida, y todo ello sin hacer ruido. De nuevo esto que he escrito torpemente vuelve a ser tuyo... PERDER PARA GANAR...A veces se pierde, otras, las menos, se gana en el más estricto sentido de la palabra. Hablo ni más ni menos de esa sensación en la que el tiempo parece detenerse, en que todo son parabienes y nada parece oponerse a nuestra irrefrenable fuerza. La mayoría de las veces, sin embargo, perdemos para ganar o ganamos para perder. Esta última sensación es la que suele preceder al ganar, pues por regla natural nada es eterno, y nuestro pensamiento encerrado en una dimensión temporal en la que nos sabemos finitos, no es capaz de percibir los matices, la infinita gama de colores intermedios que por otro lado son más ricos que los colores “oficiales” que consideramos como únicamente válidos. Cuando por un momento puedo dejar la prisión del pensamiento tridimensional puedo percibir que todo es una cadena, que poco importa perder o ganar, que todo es un proceso: perder para ganar y luego perder. ¿Perder es malo y ganar es bueno? A priori la respuesta sería que sí, pero se trata de una trampa. Tómate tu tiempo y hazte la siguiente pregunta: ¿Puedes acordarte de cuántas veces habrás perdido algo en tu vida que te ha hecho obtener, a medio o largo plazo, algo más intenso? ¿Puedes recordar cuántas veces, antes de perder lo que te parecía insustituible, te has resistido con el consiguiente sufrimiento? Si has logrado batir a los prejuiciosos guardianes que custodian las puertas del pensamiento finito te habrá sorprendido la respuesta y habrás observado que la línea entre el ganar y perder es tan fina que prácticamente es inexistente. En estos últimos días he vivido una experiencia que me ha hecho pensar más, si cabe, en este concepto. El jueves fui a desayunar con una compañera de trabajo a la que no veía hacía un par de meses y entre comentarios triviales, en un momento dado de la conversación ella guardó silencio, tomó aire y me dijo con voz controlada que una compañera a la que ambos apreciábamos iba a coger una baja indefinida porque el cáncer que tenía en su pierna se había extendido y por tanto había de ser amputada. En esos momentos todo pierde importancia y lo que consideramos problemas se relativizan. Al primer sentimiento de impotencia, le siguió el silencio, y en ese silencio tuve esa sensación de la que hablaba al inicio. Perder una pierna para ganar una vida era sin duda mejor que perder la vida para ganar una pierna. Ella había estado luchando cinco años para poder ganar al cáncer, pero realmente, poder luchar ya había sido todo un logro, el camino que la había llevado hasta ese preciso instante en el que parecía todo perdido había sido una victoria. No se había rendido ante el cansancio, había hecho lo que tenía que hacer: caminar. Cuando al día siguiente coincidí con ella y me dijo que se iba durante un tiempo porque la iban a operar, pude ver en sus ojos que no había sombra de resignación o de pena. No, no era que yo quisiera verlo así; creo que con el tiempo he aprendido a leer las miradas, y la suya expresaba fuerza. En ese momento me sentí pequeño y a ella la percibía como un gigante.
Si miro hacia atrás, son muchas más las veces que he perdido para ganar que las veces que he ganado en el más estricto sentido de la palabra. Sin embargo, percibo en la pérdida toda esa fuerza humana que me es imposible detectar en la victoria. Supongo que esa es la grandeza que se esconde tras la pérdida. Nos hemos de parar a observarla con tranquilidad para percibirla, para perderle todo el temor que tan arraigado tenemos y ganar así toda la objetividad que la borrachera del triunfo nos oculta.
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