Ayer sentí hablar por primera vez de la “paradoja de Hopkins”, y me sentí inmediatamente arrastrado por una fuerza que me obligaba a escuchar y absorber todo cuando el señor Hopkins iba enunciando a través de su voz robótica a la que nos tiene acostumbrados. “El universo está en retroceso y lo que se creía infinito, incluidos los agujeros negros, realmente no lo son, por tanto toda esa energía que absorbe, toda esa increíble fuerza se acaba consumiendo y desapareciendo”. Me quedé absorto, no soy físico, ¿pero qué hay de ese precepto con el que me educaron sobre la transformación de la energía, de su no destrucción y del infinito? Si yo me quedaba así, ¿Cómo debían de haberse quedado los físicos? Y si realmente todo puede destruirse, desaparecer, también todo por lo que vivíamos, todos nuestros sueños, nuestras obras, nuestros sentimientos, el amor, todo, todo desaparecería… Lo que más me impactó fue que más que agobiarme o deprimirme sentía una paz increíble. Realmente era liberador pensar que podíamos limitarnos a vivir nuestras intensas vidas sin pensar en lo que tenía que venir, pues si no hay nada, ¿de qué preocuparnos? Inmediatamente me asaltó otro pensamiento: en estos últimos diez años asistimos a un sin fin de informaciones que apuntan a extinciones masivas, a desastres naturales susceptibles de destruirnos, a un universo en retroceso que acabará tragándonos. ¿Será cosa de un milenialismo, eso sí, muchísimo más sofisticado que el que les tocó vivir a los resignados habitantes del año mil?
Paradojas aparte, ¿Y qué más da que todo se pierda para siempre si nos pasamos la mayor parte de nuestro ya de por sí poco tiempo intentando encontrarnos? ¿Y para aquellos que ni siquiera se pueden procurar el sustento diario, para los desheredados de la Tierra, habidos y por haber, qué les aporta de nuevo tener esta información? Al fin y al cabo, a ellos hace muchos años que se los tragó un agujero negro. De hecho su destrucción es doble, la que supone estar sometidos al olvido y la propia muerte. Eso me recuerda otro enunciado: “cuando un individuo cae en un agujero negro está muerto y vivo al mismo tiempo”.
Paradojas aparte, quizás me quita más el sueño el hecho de que exista desheredados, que perdamos nuestro poco tiempo buscándonos mientras destruimos el entorno que nos sustenta, que nuestros científicos inviertan su tiempo intentando averiguar lo que ha de venir y el por qué de ello (aunque me apasiona de manera brutal) en lugar de intentar buscar respuestas inmediatas que, superando los intereses económicos que siempre son a corto plazo, den soluciones reales que nos permitan no auto finiquitarnos bastante antes de que el universo desaparezca.
Así pues, ante tanta zozobra, quizás debiéramos dejar las paradojas aparte…
Guy era de aquel tipo de personas en la que todos depositaban su confianza. Los que lo rodeaban solían acudir a él para expresar lo que tenían dentro y que no podían compartir con otras amistades incluso más allegadas. Guy había conseguido aceptar con el tiempo todo ese trasiego de historias que a los otros se les antojaban únicas y decisivas. Nunca puso en duda la importancia de cada una de esas historias para aquellos que las vivían de manera ahogada, pero siempre acarició la idea de que en general existía una incapacidad para gestionar los conflictos internos. Jamás se sintió mejor que nadie, no hubiera osado pensar que él sería mejor gestionando todas esas historias. Sin embargo se sabía fuerte y capaz de crecerse ante todas las adversidades. Siempre se había visto a sí mismo como un explorador que abría caminos.
No solía rehuir la confianza que en él se depositaba, pero sí tenía la sensación de que realmente no era correspondido con idéntico o similar interés. Todos hablaban y hablaban sobre su mundo interior pero nadie se interesaba por lo que él sentía. A lo largo de su vida fueron muchos lo que le dijeron que era especial pero casi nadie se interesó por averiguar qué era aquello que lo hacía tan singular. Para los otros era el perfecto anfitrión que los colmaba de atenciones, pero absolutamente nadie entendía lo que significaban esas atenciones ni qué las motivaba. Cuando Guy decía que no había otra forma de ofrecer su casa y su propia persona durante el tiempo que compartían, no entendían el verdadero significado de dicha entrega y muchas veces abusaban de ella.
Con el tiempo había logrado desterrar de sus pensamientos aquella sensación de vivir una especie de pseudo vida, motivada sobre todo por el absoluto interés con el que los que lo rodeaban contaban sus experiencias y por la poca atención que ponían en las de Guy. En el pasado se había sentido como alguien que miraba a través de la ventana. Sí, quizás sabiéndose fuerte y seguro, pero solapado por las aventuras cuasi épicas y explícitas que solía observar. Sus experiencias eran más implícitas y por tanto pasaban desapercibidas incluso para él mismo, aunque a veces aquellas fueran tanto o más interesantes que las que observaba a su alrededor. Esos pensamientos eran cosas del pasado, pero había algo que no había logrado olvidar: la sensación de que su vida parecía más una correa de transmisión en la que su papel parecía limitarse a dar la fuerza y la energía a otras personas sin obtener a cambio nada más que un ligero golpe de agradecimiento en la espalda. Pero él era mucho más que eso. Su fuerza era tan desbordante que podía ser no sólo esa correa de transmisión, sino todo el vehículo en su conjunto.
El tiempo había pasado y ya no podía conformarse con unas palmaditas en la espalda, ni con palabras de valoración carentes de contenido. Ya no quería seguir siendo el perfecto anfitrión, el chico que escuchaba absolutamente todo y que aguantaba los chaparrones que los otros justificaban con disculpas vanas. Ya no quería seguir siendo el que presentaba a otras personas que se convertían en verdaderos centros del universo, mientras él quedaba relegado al papel del tío majo, pero obligado a figurar en un segundo o tercer plano.
Guy no sabía cómo salir de ese papel tan rematadamente aburrido, pero sí sabía que no quería continuar siendo esa correa de transmisión por más tiempo. Las historias ajenas que en el pasado lo habían alimentado habían dejado de aportarle nutrientes y se sentía morir día tras día. Ahora él era capaz de escribir sus propias historias. El tiempo lo habían hecho sumamente creativo y gracias a esa capacidad de expresarse había logrado ir trascendiendo a la insustancialidad que parecía apropiarse de todo aquello que lo rodeaba. Se sabía un náufrago superviviente en mitad de un mar que lo iba cubriendo todo día tras día. Eso lo agobiaba, pero a la vez le daba fuerzas para seguir oteando el horizonte. Aunque mucho había perdido, era consciente de que mucho quedaba por venir. Quizás era ese su gran consuelo: podía mirar hacia delante y seguir navegando sin miedo a dejar abandonadas sus pertenencias para así poder cobrar fuerza, pues por primera vez existía respuesta a aquello que años atrás lo había agobiado: quizás él fuera una correa de transmisión, pero la fuerza que transmitía siempre lo había impulsado a seguir adelante y trascender. En ese preciso instante cayó en la cuenta de lo que había estado perdiendo durante todo ese tiempo, y por primera vez todo lo que lo rodeaba dejó de tener importancia y se descubrió a sí mismo brillando entre cientos de millones de seres.