Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    CARTA AL NUEVO MILENIO, SIETE AÑOS DESPUÉS...

    Después de tanto tiempo sin noticias de Dios, ahora parece hablar por cada una de las bocas de los transeúntes que atestan la ciudad, por cada una de las noticias gritadas por el presentador de turno de cada uno de los canales de televisión. Dios se manifiesta a través de las mentiras de los diarios, incluso se deja ver en las bombas que explotan en mercados y líneas de tren...

    Ahora que se acaba el año, cuando han pasado siete desde que se inició el milenio, ¿dónde han ido a parar las esperanzas “new age”, dónde está ese nuevo mundo que me prometieron en mi adolescencia? ¿Dónde ha ido a parar el fin de los tiempos del que habla  el “Apocalipsis”? ¿Y, qué ha sido del Mesías que tenía que venir a redimir al hambriento pueblo de Israel? ¿Vendrá acaso ahora a socorrer a los sedientos hijos de Palestina? ¿Dónde quedaron tantos ommmm que debían de iluminar a todos los yoghis “noventeros”?  Quizás se fueron al tan ansiado Shambalá que con tanta ansia buscaban.

    Todo parece estar cambiando en el mundo, pero sus moradores humanos no parecen estar demasiado interesados en invertir su escaso tiempo en interiorizar un cambio de conciencia. Entonces, ¿qué es lo que va a cambiar realmente? Más tecnología, menos sentimientos, más comodidad para unos, más hambre para otros.

    No me gusta sentir como un mero miembro de una de tantas tribus urbanas, aunque esta sea una tribu concienciada. No me gusta ser un número, un miembro más de la res social. No quiero ser, y de hecho no soy, uno de tantos que gritan en su juventud clamando por la justicia en el mundo, y que en la edad madura adoran al tótem del capital y al dios del olvido. No quiero ser un cosmopolita etnocentrista, un habitante cómodo de un mundo de sueños que todo lo olvida, al que todo allende sus fronteras les es ajeno. Pero tampoco quiero ser un ególatra que cree poderlo solucionar todo unilateralmente. Yo nada o poco  puedo hacer, pues no soy más que una gota en un océano.

    Con toda seguridad mi estado de confusión se deba a la niebla que cae sobre mi ciudad, y nada parece indicar que haya algo más allá de sus límites. El frío mantiene congeladas mis expectativas y adormece mis sentidos impidiéndome todo atisbo de objetividad. Tengo que salir de esa espesura para ver el mundo desde un “corner” y poder disipar las tantas dudas que me invaden. Quizás sólo así pueda vislumbrar y redescubrir el mundo. ¿Quién sabe? Quizás los ommm de los noventa permanezcan en nuestro interior, esperando a ser rescatados de nuestro shambalá mental, quizás el Mesías de los israelíes se convierta en el mejor amigo de los palestinos,  y la nueva era se instale, tal y como me prometieron en mi infancia. Y quizás, con un poco de suerte y paciencia, pueda ver como dios aparca el tan temido Apocalipsis y por fin después de más de un millón de años puede hacer sus maletas y tomarse unas ansiadas vacaciones...

     

     

    UNA BARCA AZUL

    Desde niña soñaba con cómo sería su partida de este mundo. Siempre fantaseaba con su último día en la tierra, o, qué acontecimientos envolverían el principio del fin que la llevaría, quizás, a un nuevo estado de conciencia que esperaba fuera mejor que la corta y triste vida que le había tocado vivir.

    La mayoría de las personas se imaginaban tejiéndose una especie de vaina en la que permanecerían por un tiempo hasta mutar a un estado superior, como si se trataran de una suerte de orugas en proceso de transformación a mariposa. Ella, en cambio, se ensoñaba tumbada entre hallas y abedules, intentando atrapar las luciérnagas que revoleaban a su alrededor, y que se le antojaban pequeños espíritus de luz errantes que venían a paliar su sufrimiento y a acompañar su soledad.  Mientras se dormía, entre la vigilia y el sueño, siempre se le aparecía la misma escena: ella, solitaria, navegando en una barca azul, alejándose más allá del horizonte conocido. Ella, que había crecido rodeada de altas montañas y que jamás había visto el mar, podía percibir con claridad el azul profundo del mar conformando una unidad con el cielo. En su visión el azul parecía invadirla en una explosión cromática que jamás antes había percibido. Casi podría decirse que ni siquiera existía barca y que podía flotar agitando sus manos en un universo etéreo. Se iba alejando de la tierra, que cada vez quedaba más desdibujada, adentrándose con una seguridad que jamás hubiera creído posible. La felicidad invadía cada uno de sus átomos y podía percibir la fuerza de todos aquellos que con anterioridad habían partido siglos, milenios y eones antes que ella. Por fin estaba cerca de fundirse con la unidad. Mientras, su pequeño bote azul iba deslizándose sobre la masa etérea.

    Algo despertó a la niña de su ensoñación, con los ojos entreabiertos observó como cientos de copos de nieve microscópica se precipitaban suavemente. Su frescor, en contacto con sus mejillas cálidas, le dio una sensación muy parecida a la que tenía en su sueño al tocar el etéreo azul del mar y del cielo. Al abrir completamente los ojos se percató de que estaba completamente rodeada de nieve blanca. ¿Cuánto tiempo habría permanecido dormida? Miró el límpido blanco que parecía confundirse con el cielo blanquecino. Era igual que su fantasía onírica, tan sólo cambiaba el color.

    Observando la quietud del paisaje, el silencio absoluto del bosque, la niña experimentó una intuición que la acompañaría durante el resto de su vida adulta. Mientras contemplaba los copos estrellándose contra el suelo tuvo una revelación que sólo ella podía sentir en lo más profundo de su corazón: por mucho que sufriera en la vida, siempre la acompañaría una profunda sensación que llenaría su vacío. Y supo que ya nunca más volvería a estar sola, pues la acompañaba un ansia de conocimiento más grande que todos sus miedos, que la guiaría por el camino que al final la llevaría hasta el mar de los tumultos, en dónde la esperaría la pequeña barca azul que un lejano día de otoño descubrió en ese espacio que mora entre la vigilia y el sueño.

     

     

     

    Hay veces que parecemos no escuchar, pero de repente alguien te cuenta algo e impacta en lo más profundo de tu corazón. En ese instante compartido en que los ojos se miran, descubrimos lo más profundo de esa persona y que jamás antes nos lo había mostrado. Algo tan sencillo como veinte palabras encadenadas hace que descubras los sueños de una persona. Gracias Carme, fuí afortunado por mirarte a los ojos y descubrir tu secreto mundo al que solemos tener vedada la entrada.

    REDES

    Concibo la vida, mi propia vida, como una gran tela de araña en la que quedan atrapadas todas nuestras sensaciones vitales, reales e ilusorias. Nosotros somos la araña que yace adormecida a la espera de que  cualquier vibración haga notoria la presencia de una nueva presa.  

    Nuestra vida está compuesta de un sin fin de hilos que se van anudando a medida que crecemos, haciendo la red tan grande como nos sea necesario.  En ella vamos tejiendo nuestros sueños e ilusiones que con el tiempo van formando una estructura gigantesca. Nos sentimos seguros, invulnerables, pero durante nuestra corta vida son muchos los momentos en que de una manotada pueden romperla, quedando pendidos de un hilo del que nos balanceamos a merced del viento. Siempre acabamos recomponiendo la red de forma instintiva hasta hacerla más resistente que la vieja tela que nos contenía. Si bien muchos de nuestros viejos sueños se pierden en la debacle, no tardamos en  entretejer nuevos anhelos.  Pero aquello que construimos como virtud, pues nos atrae sensaciones certeras, personas que en forma de presa espiritual e intelectual alimentan nuestra ansia de conocimiento, también atrapa ilusiones irreales que confunden y envenenan nuestra mente. No todos esos sueños que entretejemos, no todo aquello que atrapamos en esa tela de araña que es nuestra mente es real. No ya por intangible, sino por lo engañoso que puede resultar creernos que nuestras emociones, por sentidas, son reales. No todo aquello que sentimos, por el hecho de ser cuantificado y razonado, existe. A veces, lo que parece instinto de supervivencia tan sólo es prejuicio, lo que parece amor, tan sólo es deseo. Cuántas veces uno cree estar enamorado de una persona, pero lo que realmente nos atrae es lo engañoso de su físico. ¿Acaso podemos percibir objetivamente su personalidad? La ilusión hace que creamos que hay mucho más de lo que realmente podemos percibir y  nuestros sentidos se empañan,  venciéndonos la irrealidad. Realmente lo que sentimos es deseo, lujuria, pero no amor.

    Otras veces, las diferencias con otras personas, ya sea en su forma de concebir el mundo o sencillamente por sus opiniones, hace que un sentimiento de seguridad se apodere de nosotros, y creemos que nuestro instinto de supervivencia nos avisa de un peligro inminente. En realidad otra vez vuelve a ganarnos la partida la ilusión, pues más que instinto de supervivencia lo que se abre paso es el prejuicio, el temor a que algo que no podemos controlar pueda anular nuestro yo, poniendo en tela de juicio las mentiras que con tanto ahínco tejimos y que nos creemos con vehemencia. Son tan fuertes esas ilusiones que nos es imposible analizarlas de manera objetiva y así poder cuantificarlas e identificarlas para poder anularlas.

    Pero entre tanta confusión también nos llegan sensaciones reales: aquello que podemos acariciar, que podemos sentir en lo más profundo de nuestro corazón, y que no sabemos por qué, pero sabemos certero. Sucede muy pocas veces en la vida, pero hay momentos en que nos invade una seguridad que nos impulsa a tomar una decisión, y sabemos que se trata de esa decisión y no de otra. Son momentos en que logramos vencer al ego, que como una brea pegajosa nos envuelve, atrapando en el exterior la verdad que nos induciría a alcanzar el auto conocimiento. En ese preciso instante nuestra mente se permeabiliza, pierde el miedo a lo desconocido, y algo florece en nuestro corazón, quizás la semilla de la futura trascendencia. Pero de momento se trata de lo que me gusta llamar “un instante perfecto”, de paz, de compasión y empatía, empezando por nosotros mismos. Si bien es cierto que dura unos instantes, mientras dura saboreamos la quinta esencia, el elixir que creíamos reservado a los dioses. Por un momento sentimos en nuestro paladar el sabor de la comprensión, olvidándonos de los “problemas” y afrentas que no son más que el instrumento de que se sirve el ego para mantenernos perdidos en ese universo de confusión que supone la tela de araña que nos acoge.

     

     

    Te diré las palabras...

    Hoy te diré las palabras más ocultas del mundo.

    Hoy te diré lo que nunca quisiste saber,

    lo que siempre te hubiera gustado sentir.

    Te susurraré al oído palabras de paz.

    Mientras suenen en tu mente batallas perdidas,

    Siempre me tendrás para inspirarte sueños de paz,

    de batallas ganadas al olvido, a la nada…

     

    Hoy te diré las palabras que robé al viento para ti,

    Te revelaré el paradero del paraíso perdido,

    la palabra mágica que te abrirá sus puertas.

    Hoy te entregaré el lenguaje que sólo los ojos conocen.

    Te entregaré mi llanto, su secreto sentido,

    para que nunca más ignores lo que encierra la melancolía,

    lo que hay detrás de la soledad baldía…

     

    Hoy te diré la palabra mágica que abre el corazón de los hombres,

    la palabra que cierra con mil llaves la puerta del odio.

    Te daré un “abra cadabra” para exorcizar el olvido,

    El alfa y el omega que ponga fin a la muerte,

    Te daré la pregunta y la respuesta.

    Y una vez las hayas aprendido, marcharemos tú y yo,

    caminando a través de nuestro propio universo, despreocupados,

    como si fuéramos un diccionario sin empleo

    UNO

    ¿Ante quién rendiremos cuentas cuando ya no estemos vivos si no existe un dios? ¿Si ni siquiera existe el karma ni la eterna rueda de la reencarnación, por qué habríamos de temer a lo que ha de venir? ¿Por qué no lanzarnos sencillamente a la consecución de todo cuánto pretendemos cueste lo que cueste, caiga quién caiga en el camino? ¿Qué o quién nos lo impide? En estos momentos de incertidumbre  en los que se destrona  unos dioses y se entroniza a otros,  y en nombre de los cuales, paradójicamente, el dador de vida te impulsa a aniquilar a tu vecino por tener una creencia “equivocada”, ¿qué nos impide darnos al mal? En estos tiempos en que la ciencia comienza a dudar de la existencia del  tiempo y en el que nada y todo vendría a ser lo mismo (mucha vuelta para acabar diciendo lo que la filosofía intuía), lo que la inmensa mayoría prefiere es no hacer nada pretendiendo conseguirlo todo, y a cambio al final acaban haciéndolo todo para no conseguir nada. Mucho ruido en el esfuerzo para conseguir el silencio, demasiados silencios cómplices ante los que hacen tanto ruido, demasiadas prisas para no llegar a ningún lugar... ¿Por qué no hay más personas que digan que se sienten confundidas, acaso soy yo el único que se pierde ante tan intrincadas reglas del juego? Vuelvo a insistir en el mismo concepto: si no existe un dios castigador, si estamos agotando los recursos y el calentamiento y el oscurecimiento global nos lleva hacia un callejón sin salida, ¿qué nos impide darnos al uso y disfrute de todo y todos sin mirar las consecuencias?  Quizás nos limite el miedo a ser reprimidos por el aparato judicial del que nos hemos dotado para conservar el “orden social”, pero existe algo más en nuestro fuero interno, algo más trascendente que va más allá de la moral inculcada por la religión que nos impide dejarnos llevar por esa parte maquiavélica que todos llevamos dentro: La razón en contraposición al caos, aunque siguiendo el concepto del todo y la nada, lejos de estar contrapuestos serían sinónimos. ¿Y qué es la razón sino el intento de perpetuarnos como individuos a través  de la afirmación de qué sólo con el conocimiento de cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos, podemos reconocernos como esa entidad única e irrepetible que representamos? ¿Y no es cierto que cuando tomamos conciencia de nuestra irrepetibilidad, de nuestra pequeñez ante el cosmos y de lo valiosos y preciosos que somos,  surge la conciencia de que conformamos un todo? Quizás se halle aquí una entre tantas respuestas factibles. Caminamos a través de caminos atestados de seres que se empujan para llegar a tiempo a ninguna parte, pero en fondo intuimos que detrás de ese frenesí se esconde la soledad colectiva de unos seres sin rumbo que buscándose los unos a los otros lo que en realidad hacen es buscarse a sí mismos. En esa confusa búsqueda  que ha durado eones, hemos sido capaces de soportar la soledad porque en el fondo de nuestros corazones hemos intuido que no estamos solos en esa tarea, que nos acompañamos y que realmente somos Uno en esa búsqueda. Llegado a este punto se me ocurre una última pregunta: ¿no inventaríamos quizás a los dioses para poder dar una forma entendible a la idea de que todos conformamos una unidad entrelazada por el hilo invisible de nuestras conciencias?