Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    Una barca azul

     

    Desde niña soñaba con cómo sería su partida de este mundo. Siempre fantaseaba con su último día en la tierra, o, qué acontecimientos envolverían el principio del fin que la llevaría, quizás, a un nuevo estado de conciencia que esperaba fuera mejor que la corta y triste vida que le había tocado vivir.

    La mayoría de las personas se imaginaban tejiéndose una especie de vaina en la que permanecerían por un tiempo hasta mutar a un estado superior, como si se trataran de una suerte de orugas en proceso de transformación a mariposa. Ella, en cambio, se ensoñaba tumbada entre hallas y abedules, intentando atrapar las luciérnagas que revoleaban a su alrededor, y que se le antojaban pequeños espíritus de luz errantes que venían a paliar su sufrimiento y a acompañar su soledad.  Mientras se dormía, entre la vigilia y el sueño, siempre se le aparecía la misma escena: ella, solitaria, navegando en una barca azul, alejándose más allá del horizonte conocido. Ella, que había crecido rodeada de altas montañas y que jamás había visto el mar, podía percibir con claridad el azul profundo del mar conformando una unidad con el cielo. En su visión el azul parecía invadirla en una explosión cromática que jamás antes había percibido. Casi podría decirse que ni siquiera existía barca y que podía flotar agitando sus manos en un universo etéreo. Se iba alejando de la tierra, que cada vez quedaba más desdibujada, adentrándose con una seguridad que jamás hubiera creído posible. La felicidad invadía cada uno de sus átomos y podía percibir la fuerza de todos aquellos que con anterioridad habían partido siglos, milenios y eones antes que ella. Por fin estaba cerca de fundirse con la unidad. Mientras, su pequeño bote azul iba deslizándose sobre la masa etérea.

    Algo despertó a la niña de su ensoñación, con los ojos entreabiertos observó como cientos de copos de nieve microscópica se precipitaban suavemente. Su frescor, en contacto con sus mejillas cálidas, le dio una sensación muy parecida a la que tenía en su sueño al tocar el etéreo azul del mar y del cielo. Al abrir completamente los ojos se percató de que estaba completamente rodeada de nieve blanca. ¿Cuánto tiempo habría permanecido dormida? Miró el límpido blanco que parecía confundirse con el cielo blanquecino. Era igual que su fantasía onírica, tan sólo cambiaba el color.

    Observando la quietud del paisaje, el silencio absoluto del bosque, la niña experimentó una intuición que la acompañaría durante el resto de su vida adulta. Mientras contemplaba los copos estrellándose contra el suelo tuvo una revelación que sólo ella podía sentir en lo más profundo de su corazón: por mucho que sufriera en la vida, siempre la acompañaría una profunda sensación que llenaría su vacío. Y supo que ya nunca más volvería a estar sola, pues la acompañaba un ansia de conocimiento más grande que todos sus miedos, que la guiaría por el camino que al final la llevaría hasta el mar de los tumultos, en dónde la esperaría la pequeña barca azul que un lejano día de otoño descubrió en ese espacio que mora entre la vigilia y el sueño.

    LA CRIATURA

    El  5 de abril de 1815, en la costa norte de la isla indonesia de Sumbawa, erupciona el volcán Tambora. La explosión mató a más de noventa mil personas y extendió sus efectos más allá del radio de influencia que a priori pudiera parecer lógico. Todos los escombros catapultados por el volcán cubrieron en el espacio de un año la casi totalidad del hemisferio norte, ocasionando en el verano de 1816 un descenso brusco de las temperaturas y un aumento de las precipitaciones de nieve. Dicho acontecimiento lejano tuvo una influencia catastrófica en las ya de por sí caóticas  vidas de los europeos de la época. Un año antes habían finalizado el largo período de guerras napoleónicas, con los consecuentes desmanes y carestía. A todo ese caos vino a unirse un invierno prolongado y la ruina de las cosechas. El hambre se cebó sobre los ya famolientos europeos y la agitación social se apoderó del continente. Este hecho tuvo una especial virulencia en Suiza debido a su orografía. Allí las víctimas del hambre se contaban por miles y los tumultos callejeros amenazaban con llevar al país hacia la anarquía.

                Justo a comienzos del verano de 1816 acontece una historia paralela de gran interés para el mundo de la literatura. Ajenos a los acontecimientos que se venían fraguando desde la primavera del año anterior, Mary Shilley, su marido Percy Bysshe Shelley y su médico y amigo John Polidori se trasladan a Suiza con el fin de pasar unos días de descanso vacacional, hospedándose en una casa contigua a la mansión de Lord Byron. Lo que en principio parecía que serían unos días repletos de excursiones románticas se convirtieron, debido al mal tiempo, en jornadas de reflexión y largas partidas de cartas. Muchas y largas fueron las conversaciones entre Lord Byron y Shelley;  se discutieron varias doctrinas filosóficas y, entre ellas, las referidas a la naturaleza del principio de la vida, y también la posibilidad de que dicho principio llegara a ser algún día descubierto y divulgado. Incluso llegaron a hablar de los experimentos del entonces joven doctor Darwin.[1]

                En una de esas tertulias, Byron,  hizo una propuesta interesante a los asistentes: Cada uno de ellos había de escribir una historia de fantasmas. Propuesta que todos aceptaron inmediatamente. Si bien todas las historias resultaron excelentes, me parece de especial relevancia la aportación de Shelley. Años más tarde comentaría sobre dicha proposición:

    “Yo me urgí a mí misma a pensar una historia, una historia que pudiese rivalizar con las que nos habían arrastrado a aquella empresa Una historia que hablase de los misteriosos temores de la naturaleza y que despertase el más intenso de los terrores, una historia que creara en el lector miedo a mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón. Si no conseguía todas esas cosas mi historia de fantasmas demostraría ser indigna de ese nombre. Pensé y reflexioné, en vano. (...) ¿Has pensado ya una historia?, Me preguntaban cada mañana, y cada mañana me veía forzada a replicar con una mortificante negativa.

    (...) Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no pude dormir, tampoco podría asegurar que estuviese pensando. Mi imaginación, sin yo requerirlo, me poseyó y me guió, dotando a las imágenes que surgían en mi mente de una intensidad que estaba más allá de las fronteras del sueño. Vi - con los ojos cerrados, pero a través de una aguda visión mental -, vI al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre yaciente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso (...).

    La idea había tomado posesión de mi mente de tal manera que el miedo recorría todo mi cuerpo como un escalofrío y traté de cambiar las fantasmales imágenes de mi fantasía por la realidad que me circundaba. (...) Al día siguiente anuncié que había pensado una historia.”  [2]

    Mientras un grupo de intelectuales acomodados discutían sobre el origen de la vida, y shelley escribía la que para mí es una de las mayores obras de la literatura de todos los tiempos, fuera les rodeaba el caos provocado precisamente por esa fuerza irreducible de la naturaleza.

    Esa isla intelectual es ajena a todos los cambios que se fraguan en el exterior, en cambio shelley ya parece intuir en los esbozos que después conformarán Frankenstein, lo que hasta entonces había sido infranqueable debido al pensamiento religioso dominante. En la semilla que planta subyace el germen del naturalismo, de la evolución de las especies que poco tiempo después descubriría Darwin. La propia fuerza atroz que atrajo la muerte en aquel verano de 1816 también genera una intuición en la joven Mary que va más allá de una obra literaria.

    En Frankenstein, Sheley plantea la posibilidad de generar vida a partir de un tejido muerto. De utilizar como aliadas las fuerzas de la naturaleza  que pueden llegar a ser destructivas. Pero hay mucho más detrás de ese concepto. Retoma la idea de un moderno Prometeo, el Dr. Victor Frankenstein, que como el héroe mitológico  roba a los dioses el secreto de la vida  y acaba siendo castigado por semejante osadía. Éste sería el trasfondo más teológico de una Mary creyente, pero detrás de ello se esconde una sublime intuición, la que aúna la a priori inconexa fuerza de la naturaleza, resultante de la explosión del Tambora, con la explosión en la imaginación de su mente.  Con toda seguridad, gran parte del contenido de la obra se fraguó en la influencia que Rousseau y otros autores del naturalismo tuvieron en sus lecturas adolescentes Pero me gusta imaginar que hay mucho más en su inspiración. Me gusta saber que hay algo más detrás del concepto natural de la destrucción y que de lo a primera vista irrecuperable surge de nuevo la vida, imparable, fortalecida, que al igual que  la criatura de shelley  mira de tú a tú a Dios, alzando su voz en mitad de la tormenta, gritándole: “¡A pesar de todo la vida siempre se abre paso!”

     


     

     


    [1] SPARK, Muriel (1997): Mary Shelley. Barcelona, Lumen.

    [2] SPARK, Muriel (1997): Mary