Lo que tengo, lo que soy, lo que valgo, aquello cuanto fui y ahora no soy, lo que en su momento me pareció imprescindible y que hoy ha perdido su importancia. Todo se me antoja caprichoso, voluble e inconsistente.
Lo que tengo es fruto de un trabajo, sí, pero también es cierto que proviene del azar, de un cúmulo de decisiones casuales y causales que tomé en un momento más o menos lejano. Lo que valgo es aun más subjetivo e impreciso, y no soy yo quien coloco ese valor, sino que son quienes me observan, aun con menos objetividad, los que perciben mis logros, mi estilo de vida, los que le colocan un estatus, me encuadran, puntúan y me sitúan allá justo donde piensan que he de estar. Lo que fui, afortunadamente, es todo cuanto no soy ahora mismo. Y digo afortunadamente porque de lo contrario me situaría en un espacio-tiempo constante, sin cambios, sin aprendizaje. En una especie de estado de semideidad en el que no creo. Aquello que antaño me parecía imprescindible son los falsos valores que mi juventud me hacían percibir como incambiables y que me hacía creer falsamente que yo no me circunscribía en ningún grupo y que era único e irrepetible. Sigo pensando que soy, somos únicos e irrepetibles, pero creo que en realidad era uno más del rebaño que pertenecía a la tribu de los “diferentes”. ¿Y qué ha cambiado respecto a aquellos años de ardores juveniles? La consciencia crítica del saberme reconocer en mis propios errores, sin por ello castigarme, dándome espacio suficiente para equivocarme.
Lo único válido de todo lo mencionado, aquello que me permite ser consciente, mi brújula, por decirlo de alguna manera, es lo que soy. ¿Y que soy? Un navegante que conduce su propio barco, soy el viento que lo mueve y la propia agua sobre la que me deslizo. Soy el camino y soy el destino, el origen y la meta. Conmigo todo comienza y todo acaba. En mí tiene cabida todo el saber y toda la ignorancia, todo el amor y todo el odio, los errores y los aciertos, en definitiva, todas las contradicciones humanas. Creo firmemente, que soy, somos, todo cuanto podemos imaginar, y que en nuestra pequeñez somos infinitos. Podemos ser materialmente limitados pero nuestro pensamiento es eterno. Quizás lo que más me separa de mi pasado es que antaño creía que lo que valía la pena, aquello que me motivaba a seguir en el camino era un destino final que me situaría en una especie de paraíso, y casi sin darme cuenta, a medida que iba caminando, me he percatado que lo que me hace sentir vivo, aquello que realmente importa y motiva no es un punto en el tiempo al que llegar sino el propio viaje en sí.