Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    "HOMO, HOMINI LUPUS"

    Thoma Hobbes decía que el hombre era un lobo para el propio hombre. Yo añadiría: también puede ser un pastor, capaz de guiar al rebaño, prometiéndole paraísos imaginarios, pero incapaz de guiarse a sí mismo hacia los prados de la razón. Durante los últimos cien años hemos asistido a la universalización de las guerras y a la conversión de la muerte en un proyecto industrial.

    Una de esas aventuras consistente en dirigir al rebaño a cotas de pureza nunca soñadas, llevaron a unos pocos visionarios psicópatas del primer tercio del siglo XX a crear un sistema en el que sacrificar lo que ellos definían como manzanas podridas. Para ello crearon escalas jerárquicas, en la cúspide de la cual estaba el superhombre, capacitado por el universo con todos los dones, pero sin voluntad. Ésta estaba en manos de los líderes que pensaban por ellos. El resto (la inmensa mayoría) se situaban en los diferentes escalones, organizándose en estratos raciales, con más o menos derechos, y al final de la jerarquía, los esclavos que servían al sistema. Nunca tan pocos habían decidido por tantos.  Pero todos callaron porque el eco que produce la voz de una sola persona siempre suena más fuerte de lo que realmente es, y la mentira se expande con la misma velocidad que el fuego. Es más fácil callar y pensar que se es víctima del destino y que tarde o temprano caerá la lluvia apagando el incendio. Pero el fuego es incontrolable y se expande en todas direcciones, atrapando en su vorágine todo cuanto va encontrando. Los psicópatas amplifican su fuerza a través de la ignorancia y del miedo. Y es justo a través de ese miedo con el que guían al rebaño al matadero. Llega a ser tal el sigilo con el que son conducidos que hasta el final no son conscientes de que van a ser sacrificados en pos de la pureza. Pero la pureza no existe, tan sólo somos como esa flor de loto que nace y vive en el barro sin desvirtuarse por ello. Intentan eliminar el barro, pero él es nuestro sustento, es la esencia de la propia vida.

    Al final sólo la voluntad y el nacimiento de la conciencia de estar absolutamente todos juntos en ese barrizal, llevó a la insurrección contra la mentira. Fue una lucha ardua, en el camino quedaron millones de mujeres, hombres y niños, pero al final lograron vencer su propio olvido, despertando a la vida. ¿Pero qué fue de todos aquellos millones de seres que se quedaron en el camino? ¿De qué sirvió su sacrificio involuntario? Torturaron sus cuerpos, robaron sus sueños, su futuro y al final les arrancaron sus vidas. Nada de eso tiene sentido. Me gustaría decir que su sacrificio no fue en vano, pero sólo serían palabras. Siento que ensuciaría su memoria pensando que gracias a ellos estoy, estamos  aquí. Pero siento que cada uno de ellos viven en cada uno de los átomos que componen mi ser, que yo mismo soy parte de ellos y que sus sueños, lo que podría haber sido y no fue moran en mi.

    Camaradas, al final sólo pudieron reducir a cenizas vuestros cuerpos, pero vuestros pensamientos, vuestras almas jamás pudieron ser destruidas. Los hornos que pretendían borrar vuestra huella fueron irónicamente el canal por donde salisteis libres hacia ese cielo azul que antes era vuestro techo.

    Jamás me cansaré de repetirlo: “podrán quemar nuestros cuerpos, pero al final seremos libres”.

     

     

         

    CIENTO OCHENTA Y SEIS

     

    Ciento ochenta y seis es una cantidad pequeña contenida en tres minutos y seis segundos. Ciento ochenta y seis segundos podrían ser lo que me separan desde mi sofá mullido hasta el gimnasio, al otro lado de la calle. Ciento ochenta y seis segundos es lo que tardo en hacer una tortilla al punto…

    …Pero en un lugar escondido de miradas extrañas hubo una vez una escalera con ciento ochenta y seis peldaños que conducían a una cantera. Allí esa pequeña cantidad se hacía elástica hasta convertirse en infinita. Poder subir esos ciento ochenta y seis peldaños no era una necesidad sino un reto. Llegar hasta arriba y volver a bajarla con una pesada carga constituía al final del día la diferencia entre la vida y la muerte. Para muchos fue la escalera de la vida, para otros la de la muerte. Ni el mismo Dante hubiera podido imaginar una escalera  más tétrica hacia su infierno.

    Mientras,  desde diferentes puntos de la misma, unos hombres vestidos con diseños de Hugo Bosch, pistola en mano, iban “retirando” a todos aquellos que osaban descansar. Entre ambos mundos mediaban la relatividad del tiempo: para unos subir ciento ochenta y seis peldaños era cuestión de tres minutos y seis segundos, para otros suponía toda una vida. Unos sólo ocupaban su mente en la vigilancia de la escoria mientras de tanto en tanto se iban repitiendo que sólo cumplían órdenes. Los otros albergaban sueños de libertad y de una nueva vida fuera de aquel lugar.

    Casi setenta años después seguimos repitiéndonos la misma pregunta: ¿Por qué? Quizás porque el eco de una sola persona llega a nuestros oídos amplificada como si de cien mil voces se tratara. Porque es más fácil ceder al miedo y la paralización que nos produce ese eco amplificado que hacerse preguntas. Porque para muchos el fin justifica los medios. Porque siempre ha sido, es y será más fácil pensar que sólo se cumplen órdenes. Pero sobre todo porque el sueño de la razón produce monstruos.

    Al final hay algo que trasciende a todo este horror, que nos hace más grandes  y que nos libera: el perdón sin olvido incluso para los verdugos.

     

     

    2007_1203MAUTHAUSEN0016