Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore Tools Help

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    TAN LEJOS, TAN CERCA...

    Me siento ajeno a prácticamente todo cuanto acontece a mi alrededor sin que ello signifique que me sea indiferente. Sencillamente me siento poco o nada identificado con los sentimientos de la mayoría de las personas. Presiento que es peligroso expresarlo así, sobre todo pensando que va quedar al alcance de cualquiera que quiera leerlo. Las palabras suelen ser limitadas y a veces, por qué no admitirlo, torpes y fácilmente mal interpretables.

    Lo admito, no entiendo a la masa y ni siquiera a mí mismo cuando me diluyo en ella. Lo reconozco sin ningún tipo de pudor, me pierden vuestros vaivenes, vuestras filias y fobias… En cambio, qué fácil es entenderos uno a uno, cuando calláis y sólo me miráis, o cuando os leo y veo congelado un cúmulo de sentimientos, que al contrario que el concepto atemporal de amor, es temporal, perteneciente a un momento concreto e irrepetible.

    ¿Sabéis? A veces no hace falta un diálogo de preguntas y respuestas y en cambio leyendo ese preciso momento congelado en el tiempo que es lo que son las palabras poco meditadas de un poema, o leyendo una mirada sincera y desprovista de defensa puedes comunicarte de corazón a corazón y ENTENDER al otro, sin que medien palabras disonantes que a veces sólo llevan a la confusión.

    Mientras volvía a casa con mi bicicleta venía pensando en lo que acabo de expresar, pero me ha sacado de mi ensimismamiento el ruido ensordecedor de un trueno, a lo lejos. Parecía que una tormenta se cerniría sobre mí limitando mi marcha  pero al final, de entre las nubes negras unos rayos de Sol se han abierto paso y como apartando la parte más espesa ha aflorado un cielo de un azul intenso como nunca antes había visto. Entonces lo he visto claro: por ajeno que me seáis, por insondables y poco comprensibles que me resultéis, siempre salís a mi encuentro, como ese cielo intensamente azul salió de entre la masa negra, obligándome a ver que somos justo eso, un conjunto de soledades aunadas, únicas, exclusivas, preciosas e irrepetibles.

    Sólo hay una cosa de la que pueda estar seguro, y es que aunque estemos en un mundo de locos, siempre podremos volar para escapar de la masa cacofónica y salir al encuentro de todas las almas individuales que anhelan la libertad del Ser.

    Esto es para ti y sólo para ti, pues como he dicho antes, sólo puedo entenderte en soledad, mirándote a los ojos, sin prisas, sosegadamente…  

     

     

    No digas nada...

    Estoy perdido entre los árboles centenarios, en el mismo claro de bosque en el que por primera vez hablamos. ¿Recuerdas nuestro encuentro furtivo? Todo comenzó en el único bar de un pequeño pueblo de montaña. Te vi en la barra del bar y mis ojos coincidieron  con los tuyos. En ese preciso instante supe que estaba atrapado. Efectivamente, ya no podría dejar de pensar en ti en los quince días de estancia. Buscaba cualquier excusa para volver al bar y mirarte. Me hubiera pasado toda una vida contemplándote, deseándote… Me preguntaba qué haría un chico como tú en una pequeña aldea de montaña como esa.

    Mi quinto día de estancia decidí dejar de pensar en ti, te estabas convirtiendo en una obsesión. Así pues, tomé mi mochila, mi chubasquero y mi mp3 y me dispuse a dar un largo paseo por el bosque.

    Las nubes  comenzaban a cubrir el cielo pero no me importó. Me parecía increíblemente romántico caminar sin rumbo bajo la fina lluvia. Al llegar a la altura del bar te encontré en la puerta y me propinaste una sonrisa entre tierna y pícara. Yo te respondí con otra sonrisa más tímida. Creo que me sonrojé. Aligeré mis pasos y poco a poco fui dejando atrás la aldea. Me adentré en un espeso bosque de hallas antiguas. El suelo estaba repleto de hojarasca, por lo que el camino quedaba prácticamente borrado. Sonó un trueno ensordecedor y unas gotas de agua resbalaron por mi rostro. Me sentía como un romántico del siglo XIX, solo ante la naturaleza. En mi mp3 comenzó a sonar mi canción favorita, “Deliver me”. Era un momento perfecto: los truenos, la lluvia, el otoño, la música… Estaba tan ensimismado que no reparaba en nada. Sólo existíamos el bosque y yo.

    De repente una mano se posó en mi hombro y me giré sobresaltado. Eras tú. De nuevo tu sonrisa iluminó mis ojos.”¿Te has perdido?” Me dijiste con una voz entre grave y tierna. “Nos hemos pasado varios días jugando al ratón y al gato y he decidido romper el hielo”. En aquel momento no supe que decir,  y cuando por fin me decidí a articular una palabra, posaste tu índice en mis labios y volviste a sonreír. Me sentí prisionero de tu encanto. No podía huir de tu mirada felina, me sentía encantado como una serpiente. El tiempo se detuvo y tus labios se posaron sobre los míos. Mientras, las gotas se iban convirtiendo en una incipiente lluvia que intentaba apagar el fuego de nuestros cuerpos. Nos arrancamos la ropa como posesos y contemple tu hermoso cuerpo desnudo. Las gotas resbalaban por tu piel morena. Mis manos no podían parar de recorrer cada milímetro de tu cuerpo. Me arrodillé y abracé tu cintura. Entonces entendí mi reacción al verte por primera vez en aquel bar. Lo nuestro parecía cármico. Sentí completar mi ser al abrazar tu cuerpo mojado. Hicimos el amor sobre las hojas sin que nada nos importara. Mientras, los truenos estallaban y en el horizonte los relámpagos iluminaban el claro del bosque. En mi mente se repetía el estribillo de mi canción preferida: “libérame de mi locura, guíame. Toda mi vida estuve esperando a alguien como tú y ahora que estás aquí, ahora que te he encontrado sé que tú eres el único que me puede liberar”.

    Pasaron más de dos horas de amor enloquecido, tras los cuales nos derrumbamos el uno encima del otro, pletóricos, emborrachados por la lívido. Volviste a mirarme con tu mirada profunda y exclamaste: “Creo haberte conocido antes, siento que ya hemos estado juntos, y aunque parezca una locura creo que ya nos amamos antes”. Aun me sorprende hoy en día pero mi respuesta fue clara y concisa. “Siento lo mismo”…

    Permanecimos abrazados durante horas, hasta que la noche nos sorprendió. Nos vestimos y volvimos a la aldea. Al llegar me invitaste a subir a tu habitación. Hicimos el amor gran parte de la noche y lo que quedó de ella estuvimos hablando hasta que la albada nos sorprendió, y con ella el sueño se apoderó de nosotros.

    Era como si nuestro mundo interior hubiera permanecido encerrado en una habitación polvorienta a la espera de que ambos abriéramos la puerta y redescubriéramos nuestros secretos. Todo aquello que hasta entonces le era vedado a otras personas fue destapándose. Nos liberamos de tabúes y en una semana nos conocimos más de lo que los demás habían conocido en años.

    El último día amaneció lluvioso. Me acompañaste hasta la ciudad más cercana con estación. Tocaba despedirse. Sentíamos tristeza, pero yo no estaba dispuesto a perderte después de tanto compartido. Me tragaría mi miedo y te diría que te quería, que aunque fuera una locura estaría dispuesto a dejarlo todo por ti. Pero volviste a adelantarte. Me sonreíste tiernamente y posaste de nuevo tu índice sobre mis labios. “scssssss, no digas nada… Has de volver, has de poner en orden muchas cosas antes de que podamos reencontrarnos. Será una prueba. Si resistimos ese tiempo sabremos que realmente lo que sentimos no es una locura. Démonos un año. El siete de noviembre volvamos a encontrarnos en el mismo claro de bosque. Ahora sube al tren y ten claro que yo no voy a olvidarte”. Nos fundimos en un abrazo, te miré a los ojos y te dije: “Aquí estaré el siete de noviembre”.

    Ya ha pasado un año desde que pronunciara esta última frase. En el bar me han dicho que al finalizar noviembre dejaste la aldea sin dejar dirección alguna de contacto. Supongo que un año es demasiado tiempo y que no vendrás. Es una lástima, el bosque está precioso y llueve como a ti y a mi nos gusta…

    Vuelvo a estar enfrascado en mis pensamientos y la melancolía me envuelve, ojala estuvieras aquí… Aguanto la respiración y siento ganas de llorar. Justo en ese preciso instante una mano se posa sobre mi hombro erizándome el vello de la nuca. Me giro y vuelvo a contemplar tu sonrisa. “Ey, ¿te has perdido?” Cuando voy a responderte, posas tu dedo índice sobre mis labios y exclamas: “scsssssssssh, no digas nada”…

          
    Para Victor y Dani. Ambos sois en parte responsables de este relato.
    El resto se lo debo a los escritores románticos del siglo XIX cuya visión del mundo comparto.  Por muchos años, chicos ;-)
     
          

    El guardián de la vida.

    Siento el rumor de las aguas mientras tu recuerdo se desvanece al ritmo de las olas. El momento en que te fuiste queda ya lejos y si bien no existe fuerza alguna sobre la faz de la tierra capaz de hacerte volver, aun me resta la esperanza de encontrarte en un punto distante del camino. ¿Quién sabe? Quizás te halle sobre la arena en otras playas, en otros mundos distantes a este. Camarada, hemos asistido a tantos cataclismos, a tantos nacimientos que casi he perdido la cuenta. Aun puedo recordar cuando hace cuatro eones cruzamos la galaxia para introducir la semilla en aquel nuevo mundo ahora viejo. Éramos dos adolescentes jugando a ser dioses, ¿pero, acaso no se es Dios cuando se dispone del control del tiempo? ¿Qué son cuatro eones para ti y para mi que podemos viajar por el universo con la mente como único vehículo? ¿Recuerdas cuando vimos nacer la vida en el mar primigenio, y, cuando esa criatura tímida salió para conquistar la tierra firme? Criaturas mayores y menores la sucedieron, hasta llegar al hombre. Si ellos supieran que conocemos sus pasos, que sabemos de sus orígenes, ellos que tanto se pregunta de dónde vienen. Aun siguen siendo como niños, ellos que se sienten tan seguros, justo ahora comienzan a dar sus primeros pasos, e ignoran que su tan aclamado “progreso” no es más que la base de lo que les espera en el futuro, o, ¿debería hablar de futuros? Mi destino ahora es observarlos, a la distancia, sin mediar palabra, sin hacerme visible. Aun me cuesta no dar respuestas a sus muchas preguntas. Respuestas verdaderas, dejando de lado el juego de los dioses y las respuestas confusas que los ha esclavizado desde los inicios. Camarada, estoy cansado ya de mi misión, no sé durante cuanto tiempo resistiré mi invisibilidad. Cualquier día de estos, contraviniendo el mandato del que soy portador, me mostraré tal cual soy, y verán que mi semblante no es tan diferente al de ellos, que mis anhelos son los mismos, pues estamos hechos del mismo material, ambos somos polvo de estrella. Si acaso sólo nos diferenciamos en mi inmortalidad, pues ellos aun desconocen la inexistencia del tiempo. Ellos son vida y yo soy la vida primigenia. Para ellos somos dioses pues en sus religiones proclaman que los creamos de la nada, pero justo ahora comienzan a vislumbrar que nada y todo es lo mismo y que cada uno de ellos son dioses. ¿Cómo explicarles que son parte de mi, de ti, de nuestro mundo de origen, parte de todo el universo? ¿Cómo puedo ser entonces un dios superior? Están en un punto interesante, apunto de desterrar a los dioses de sus vidas. “Los últimos días” lo llaman. Ni siquiera sospechan que los últimos días son los primeros días del gran momento que todos nosotros esperábamos. Entonces podremos descubrir nuestro semblante y hacerlos partícipes de nuestro origen común, y yo marcharé a otros nuevos planetas que guardar, para que el hombre, en su plenitud, se convierta en guardián de su propio mundo.

    COMO AGUA FRESCA SOBRE EL SAUCE.

    Hoy mis pasos perdidos me han llevado desde el puente de las cadenas hasta adentrarme en los bulevares más escondidos de Pest. Me sentía aturdido, como acompañando al sopor que caía sobre la ciudad. He caminado durante un par de horas, divisando aquí y allá las dolorosas huellas de esta hermosa y a la vez desafortunada ciudad.

    Al doblar una esquina me he visto ante un edificio imponente coronado por dos torres con cúpulas abulbadas verdes y doradas. Las inscripciones hebraicas inspiradas en el Talmut no dejaban duda alguna: estaba ante una gran sinagoga, y aquel debía de haber sido el barrio judio. Me coloqué la preceptiva quipa y entré en el recinto. La música judía me fue acompañando hasta el patio interior de la sinagoga. En una placa sencilla leí que el suelo del jardín había sido utilizado como fosa común para cinco mil personas que murieron en el gheto de frío e inanición durante el invierno de 1944. Lo curioso es que aquel lugar desprendía más vitalidad que dolor. Ante el monumento conmemorativo en forma de sauce de acero, en cada una de cuyas hojas pendía el nombre de cada una de las víctimas que pudo ser reconocida, mirando las piedras que personas anónimas habían colocado sobre él, pude imaginar la miseria y la fuerza irreducible que de ella nace. He podido sentir el caos, la contradicción a la que estamos sometidos los humanos, tan solos, tan perdidos. En nuestra ignorancia  tememos cuanto desconocemos, e intentamos destruirlo para regenerarnos a nosotros mismos, pero en ese intento lo único que conseguimos es perdernos en la niebla.

    Eran momentos de comprensión real, momentos en los que pierde importancia el yo y sólo aflora la conciencia del todo. En ese instante sólo me apetecía abrazarme, como intentando abrazar al universo entero, a cada una de las cinco mil almas que moraban en esa fosa común, y que por sí solas eran como cinco mil universos.

    Permanecí pensativo el resto del día, algo ausente. Y de repente, a eso de las diez y cuarto de la noche, llegó la lluvia y los truenos. Era como si todas las tribulaciones, todos los pensamientos superfluos se precipitaran para luego ser barridos por el agua. Apagué la luz y permanecí a oscuras. Sólo la lluvia precipitándose, sólo los truenos, y tras ellos, el silencio… Me sentía como aquel sauce de acero que parecía alimentarse de todas las vidas contenidas en el suelo sobre el que se erguía. Podía imaginarme en mitad de la tormenta con toda esa agua fresca mitigando el calor del día...

    Termino el relato tal y como a mí me gusta. Sin pretenderlo he conseguido que me abrace ese sentimiento trascendente de aceptación, de comprensión, porque a pesar de todo, en una noche tormentosa en Budapest, aquí estoy.

     

    A todos aquellos que se vieron arrastrados por la locura de unos pocos y el ignominioso silencio de tantos. Estais en cada uno de mis segundos, vivís en cada uno de los átomos que componen mi ser. Gracias... Shalom Israel, salam Palestina...

     

    El mundo en la palma de nuestras manos

    El mundo ha cambiado mucho en muy pocos años, se ha hecho pequeño y casi podemos albergarlo en la palma de la mano. Esta mañana estaba sentado en una terraza del viccolo del Moro en Roma y por la noche estaba cenando en un pequeño restaurant de Barcelona. Que cerca está todo cuando existe la voluntad de estar y que lejos estamos los unos de los otros aun viviendo en la misma casa. Qué cerca están los paraísos del placer y que lejos están las crisis humanitarias, las guerras…

    Después del hedonismo, después de haber disfrutado con todos mis sentidos, de haber sido feliz sencillamente paseando por las calles de Roma, no puedo más que acordarme de esos otros, de los que tengo al lado  pero aparecen como invisibles ante mis ojos, de esos paraísos oscurecidos por la guerra que están a unas pocas horas de avión pero que parecen estar en otro planeta o en otra dimensión.

    Me viene a la cabeza la relatividad interesada del tiempo en la que lo cercano y lo lejano, el pronto y el tarde, el hoy y el mañana pierden sentido.

    Ayer miraba el Tíber y paseaba por Tratevere y hoy miro el Segre y paseo por la Zona Alta. Pocas horas separan una imagen de la otra y sólo la geografía urbana pone la diferencia. Ambos puntos viven en paz, sí, pero en su interior ambas albergan la injusticia.

    Soy perfectamente consciente de lo fácil y cursi que sonará lo que a continuación diré, pero de esa sensación de absoluto vacío que a veces nos abraza, del olvido de esos paraísos cercanos, de la ceguera que nos impide ver cuanto sucede a nuestro alrededor, sólo puede salvarnos el amor en toda su plenitud. El amor a nosotros mismos, sobre todo a nuestros defectos, el amor a los que conocemos y ansiamos su compañía, pero también el amor a los desconocidos, pues todos en el fondo hemos sido alguna vez desconocidos ¿y, quién sabe si mañana cualquiera de ellos podría ser la persona más importante en nuestra vida?

     

    2008_0104ROMA0117