Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
TIEMPOSCerca de la inmensa planicie que domina el acantilado. Cerca de los cielos que me miran, sin miedo a ser sorprendido. Cerca, lejos, aquí y ahora, siempre y nunca... segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, siglos, milenios, eones... El todo y la nada me observan sólo a mi, aquí tumbado en la inmensa planicie. No temo la vacuidad, no temo ser devorado por el universo que me observa. Me siento invadir por momentos, me siento fundir con cada una de las briznas de hierba, con cada una de las piedras que se clavan en mi espalda y penetran para fundirse con mis huesos. Tan sólo soy un niño, pero soy valiente, he visto nacer y morir demasiados mundos. No te temo vacuidad, no te temo ni a ti ni a los eones que te acompañan, tampoco temo a mis demonios, ni a los dioses despiadados que se esconden tras ellos, pues soy libre y aun puedo volar más rápido que vosotros, soy niño, soy dios, soy la hierba, soy la tierra que me sustenta, lo soy todo y no soy nada. Sólo conozco el amor, el odio aun no me ha podido domar. Pero un día seré adulto y volveré a la inmensa planicie que domina el acantilado, y entonces los cielos ya no me mirarán pues temerán que les sorprenda en su indiscreción. aquellos segundos, minutos, días, semanas, meses, años, siglos y eones se escurrirán de entre mis manos sin casi percatarme. Seguiré tumbado, mirando al universo que me ignorará, pues ya no seré su centro. Y añoraré aquellos tiempos en que era niño, y jugaba con el tiempo, y todo era posible e imposible. Pero a pesar de todo, seguiré sin temer a la vacuidad, a sus demonios y a los dioses agazapados, y algo quedará de aquella lejana semilla, quizás no la perdida inocencia, pero seguiré volando más rápido que todos vosotros y jamás me podrá atrapar el olvido, y aunque mucho me haya dejado en el camino, seguiré conociendo sólo el amor. No existirá odio en la faz de la tierra capaz de domarme. Y un día, aun muy lejano, volveré a tumbarme en esta planicie, y me acompañareis los vivos que entonareis una oración por mi alma. Ojalá sepáis entonces que no tenéis que llorar por mi, pues vuelvo a la inocencia perdida de la niñez en la que los segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, siglos, milenios y eones volverán a habitar mi Ser, mientras mi cuerpo yace entre la tierra y el cielo. NOCTAMBULUSHay noches tranquilas y apacibles, noches de luna llena que iluminan nuestros sueños, noches de alegrías desbocadas y erotismo a flor de piel, y Hay noches obscuras cuyo manto pesado cae sobre nosotros, oprimiéndonos. En esas horas nocturnas, ocultas entre las sombras de la alegría, se arrastran almas inquietas, vampiros que se alimentan de la tristeza y del olvido. Trabajar de noche supone toparse de frente con esos espíritus errantes. A esas horas se prodiga la locura, y el lado más feo de la vida se muestra casi obscenamente. La música y las palabras que reverberan en mi mente son las únicas notas que me anclan a la cordura. Ellas me hacen sentir como un mero espectador de una proyección cinematográfica nocturna. Los personajes van interactuando y apareciendo en escena. -¿Qué día es hoy? Si me lo dices te pago, -exclama un pobre viejo loco que ha golpeado el cristal de la puerta. Mis ojos lo miran atónito. –Guárdese el dinero, martes, martes diecinueve de septiembre, le contesto balbuceando. El atronador ring de la puerta vuelve a sonar apenas pasada media hora desde la última visita. Esta vez un viejo y conocido vampiro inicia una discusión con un chapero a causa de su “tarifa nocturna”. El chapero, airado, marcha dejándolo con la palabra en la boca, mientras el amante frustrado grita hacia el bar exclamando ¡Necesito una cerveza! Ante tal alteración de mi cordura noctámbula me muestro poco solícito e intento desembarazarme de él con la excusa de que estamos completos. Lo he conseguido, pero la noche es amenazante y al otro lado de la calle aun veo sombras que me miran. No es miedo lo que siento sino rechazo a la locura, porque cuando ésta traspasa la pantalla nocturna y se materializa ante mí, intenta introducirme en su mundo inconexo. La locura intenta asimilarte a ella, confundirte para que dudes de tu cordura y acabes creyendo que eres tú el loco. La noche va devorando lentamente cada segundo, cada minuto, cada hora, casi sin apercibirme. Las palabras se agolpan en mi mente y a momentos me gustaría gritarlas para hacerlas más reales. Quizás por eso soy escritor, porque no me atrevo a unirme a esos pobres locos, no sé gritar como ellos, y por tanto siento la imperiosa necesidad que como una arrebatadora fuerza me obliga a escribir para no olvidar. Quizás no sea más que uno de esos pobres locos, sólo que como ellos, no soy consciente de mi locura. Es curioso, pero a medida que voy escribiendo, la melancolía se torna en vitalidad, ganándole la partida. Ese es el preciso instante en que miro con otros ojos esa pantalla que separa la cordura de la locura, y me pregunto si al otro lado esas almas en pena deben de ser conscientes de su estado, o, me ven a mí como el protagonista extraño de su película. Francamente, lo ignoro, pero sólo sé que observándolos nace una empatía que me aproxima a ellos y transforman todos mis miedos consiguiendo lo que creía imposible. Ahora ya no temo a la locura.
![]() EL ESLABÓN PERDIDOLa vida pasa, o mejor dicho, pasamos por la vida sin casi darnos cuenta del desgaste a que nos sometemos con nuestro empeño en obviar que la vida también es todo aquello que nos sucede. Nos preocupamos más de cómo deberían ser las cosas y por tanto intentamos guiar todos nuestros impulsos de cara a conseguir que ese “debería” alguna vez sea. ¿Pero no es cierto que en ese titánico esfuerzo nos dejamos por el camino centenares de experiencias que nos suceden en ese momento y que pasan desapercibidas? ¿Es posible que estemos viviendo en futuro condicional en lugar de en presente? ¿Acaso no es cierto que en nuestras vidas la palabra felicidad no es más que un futurible? Si tomo esta decisión seré feliz, si compro esto o aquello seré feliz, pero cuando por fin dirijo mis pasos hacia su consecución, curiosamente no soy más feliz. Llegado a este punto siempre me pregunto si existe algún secreto insondable cuyo conocimiento podría ayudar a que nuestras anodinas vidas fueran más plenas, y si ese secreto viene a ser la última pieza del puzzle que compone nuestro ser, el eslabón perdido u olvidado que nos impide sencillamente vivir. Siempre he soñado con ser ese arqueólogo vital que adentrándose en los yacimientos ocultos de la vida encuentre ese eslabón perdido, pero son muchos los metros y metros de escombros bajo los cuales podría hallarse esa valiosa pieza. El otro día leí la entrevista a un joven escritor y hacía una reflexión profunda. Venía a decir que nos negábamos a ser felices y que temíamos más a nuestros éxitos que a nuestros fracasos. Supongo que tiene mucho de verdad, y quizás sea así porque es más sencillo administrar el fracaso que el éxito. Siempre he creído que las vidas anodinas se sostienen en una especie de “sopor psicotrópico”. Es más fácil acostumbrarse a una vida lineal, triste y sin grandes miras, permaneciendo en ellas como víctimas de esa droga de la que “saldremos mañana”, porque siempre nos queda un mañana mientras nos resta vida. En cambio es difícil imaginarnos en un estado de éxito o sencillamente de vida en plenitud, porque siempre nos asalta el miedo a perderlo. Si no tenemos nada jamás nos podrá ir peor, en cambio conservaremos la esperanza de que un día mejore. Si vivimos en plenitud siempre puede existir la posibilidad de perder dicha placidez. Mientras escribo me voy dando cuenta que vivimos con el freno de mano puesto. Conducimos nuestra vida sin el objetivo de vivirla, de ir hacia delante. Nos paramos por miedo a que nos hayamos dejado equipaje en la cuneta, y vivimos con el temor de lo que nos encontraremos en la próxima curva. ¿Pero qué pasaría si nos dijeran que sólo nos resta un día de vida? Tendríamos el límite, ya de nada nos valdría el mañana, estaríamos obligados a aceptar el aquí y el ahora, no tendríamos nada que perder y por tanto observaríamos con atención todo cuanto nos rodeara y viviríamos cada segundo, cada minuto, hora y día con total conciencia, valorando cuanto nos sucediera como lo que es, momentos irrepetibles. Pero también podría suceder lo contrario, ahondar más aun si cabe en la idea del fracaso, siendo esta desgracia la culminación de una vida anodina y sin sentido. Para mí, sin que deje de ser un misterio insondable, el eslabón perdido que podría llevarme a una vida más plena, está en el tópico de las pequeñas cosas, en las tardes de lectura en mi terraza, viendo como las cigüeñas se reúnen en el edificio de enfrente para ver morir el día. Ellas me recuerdan que en el aquí y ahora que subyace en cada pequeña experiencia de la vida se encuentra todo, y que obviar esos pequeños momentos en pos de lo que pudiera venir tan sólo nos lleva a la nada.
DESEO vs REALIDADSolemos confundir la realidad con nuestros deseos más profundos. Nuestras ansias de una vida más plena y dinámica se topan con las limitaciones de nuestro día a día, dando por seguras e inherente a nuestro ser todas aquellas experiencias que quizás no sean más que fruto del azar. Cuando éstas tardan en llegar solemos justificarlo diciéndonos que aun no ha llegado el momento, pero que cuando estemos preparados para obtenerlas llegarán triunfantes para hacernos felices por siempre. ¿Pero, realmente es cierto que todo acaba llegando o se trata de un mero espejismo? A veces tengo la impresión de que nos reflejamos en experiencias ajenas seculares. El ejemplo más claro es el amor. Quien más quien menos, sobre todo en su juventud, ha dado por hecho que tiene un amor consagrado, tan sólo porque cree que eso es lo natural, que nos es dado por derecho. Aunque soy terriblemente vital y emocional, hay en mi un no menos fuerte sentido práctico a la hora de encarar la vida, y aunque sólo sea a fuerza de observación pura y dura, me he dado cuenta de que quizás estemos absolutamente herrados en nuestra valoración del deseo. ¿Acaso todos tenemos derecho a la inteligencia? La respuesta es clara: filosóficamente hablando, sí, eso sería lo ideal, lo justo. ¿Pero cuál es la realidad no menos rotunda? No, la inteligencia no está repartida por igual, es algo con lo que naces, y sí, la puedes ir alimentando con el tiempo, pero existen limitaciones. De la misma manera, no todos nacemos dotados de una belleza increíble, o con una destreza ilimitada. Somos capaces de asumir esas limitaciones y en cambio damos por seguro que la experiencia del amor en mayúsculas nos llegará. ¿Pero, por qué ha ser así necesariamente? Quizás sea debido a que la literatura siempre ha tratado el amor de una forma idealizada, poco realista, y el cine ha venido a corroborarlo más rotundamente aun si cabe. Quizás sí hubo gente que vivió un amor pasional y además fue de por vida y con la misma intensidad que en sus primeros instantes, pero como en el caso de la inteligencia, ¿no se tratará de una posibilidad entre tantas? Puede que lo encontremos, pero también puede suceder lo contrario, quizás no lo encontremos jamás. Lo equipararía al anterior ejemplo de la inteligencia, o al hecho de que a alguien le toque el premio de una lotería. Hay quien tiene la suerte de que le toque, pero siempre se trata de una gota de agua en un océano de no afortunados. Así pues el amor es una más de las gracias que pueden o no llegarnos y no algo que sencillamente sucede. Bajo mi punto de vista obedece a la eterna lucha entre deseo y realidad. John Lenon decía: “La vida es aquello que te sucede mientras tú te empeñas en hacer otras cosas”. Yo lo corroboro y creo que no es que el amor nos falle, sino que mientras lo vivimos nos empeñamos en que éste ha de ser otra cosa diferente. Siempre le falta algún detalle nimio que lo haga perfecto. Partiendo de esta base me doy cuenta de que quizás si exista el amor, no necesariamente lleguemos a encontrarlo, pero quizás habríamos de adoptar otra actitud ante la vida. Una actitud, que aunque difícil se aprende, y que consiste en aceptar en todo momento lo que nos sucede asumiéndolo como parte del proceso de la vida. Porque como siempre, empecinándonos en que la vida sea algo diferente a lo que estamos viviendo, ¿cómo podremos diferenciar entre deseo y realidad? Yo abogo por descubrir el amor a la vida como forma implícita de amarnos y amar a los demás, sin esperar que ese amor literario nos abrace. Creo fervientemente que sólo amando la vida podemos entender realmente ese concepto, y ¿quién sabe si algún día, si somos tan afortunados como ese ganador de la lotería, nos convertimos en una más de esas raras y preciosas gotas en medio del océano? MILAGROSLos milagros son una suerte de sueño imposible que se materializan estando despiertos. Por lo tanto son en cierta manera tangibles y comprobables. No están hechos de la misma materia que los sueños oníricos, que si bien proporcionan un escape a nuestra rutinaria vida se desvanecen con cada uno de nuestros despertares. La religión católica ha sido la más pródiga en jalear su existencia y en asegurar que son resultado de la fe inquebrantable en Dios. En los dos mil seis años de historia cristiana, son muchas las vírgenes que en todo su ámbito de influencia han derramado lágrimas de sangre por los pecados del hombre, muchos los santos oportunistas que se han posicionado por uno u otro bando para hacer más grande imperios y a las naciones que se desgajaron de esos imperios. Conclusión: los milagros religiosos son tan oportunistas como lo son los intereses de quienes quieren verse corroborados por ellos. Después existe el tan cantado milagro económico. Pero para que exista un milagro antes ha debido generarse una destrucción, crisis o como se le quiera llamar al desastre que precede a ese milagro. ¿Ha de existir necesariamente una situación precaria para que exista un milagro? Porque de pasar de una buena situación a una mala situación se le llamaría crisis, decadencia... ¿Pero, no fue un milagro el hundimiento de todos aquellos imperios que sometían bajo su yugo los derechos colectivos e individuales? Conclusión: los milagros económicos del capital son directamente proporcionales a la capacidad del hombre para destruir y así poder justificar la reconstrucción de aquello que jamás tendría que haberse destruido. Ello demuestra nuestra incapacidad, de momento, para vivir acorde con los principios naturales. Sin embargo los milagros que más me interesan son aquellos que la gente sencilla espera que acontezcan en su día a día. Aquellos que han de venir a liberarlos de un trabajo rutinario, de una relación enquistada, de una situación económica precaria, o, en el peor de los casos, de una muerte segura. Personalmente jamás he creído en ellos, pero como cualquier ser viviente sí he esperado cambios en aquellas facetas de mi vida que más me disgustaban. ¿Pero, qué hace que esperemos del cielo aquello que somos incapaces de orquestar en la tierra? Quizás se deba al hecho de sentirnos solos en el universo, al hecho de que no hemos sido capaces de interiorizar un Yo que crea su propia realidad. De hecho todo cuanto nos rodea existe porque nosotros así lo percibimos. Luis XIV decía: “después de mí el diluvio”. Ese hecho debería ser absolutamente liberador y permitirnos acometer con nuestras propias fuerzas todo cuanto nos proponemos, pero no es así. Las diversas religiones y en los últimos tiempos el tótem capitalista se ha encargado de enraizar la idea de un yo encerrado en sí mismo en lugar de un Yo interconectado con todo el universo. Creemos en un Dios que nos controla a todos en lugar de creer que somos todos nosotros quienes en esa unión conformamos a Dios. Yo aun me atrevería a ir mas lejos, creo intuitivamente y afirmo que nosotros en esencia somos verdaderos dioses capaces de crear y recrear nuestra realidad diaria. Si somos dioses, comencemos pues a construir nuestras realidades ahora sin esperar a mañana, pues ¿qué quedará después de nosotros sino el diluvio? |
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