Ian's profileNABOURIAN EL ARGONAUTAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
Todo lo que hubiera querido decir pero nunca supe expresar, todo lo que fuí, soy y seré, todo lo que veo, todo lo que me gustaría ver pero no veo, todo aquello que percibo y siento,todo cuanto intuyo en la oscuridad de mi ignorancia ansiosa de dejar de serlo. Aquí estoy...NABOURIAN EL ARGONAUTA"y aunque no somos ahora aquella fuerza que antaño removía cielo y tierra, aquello que somos, somos: un igual temperamento de corazones heroicos vuelto débil por el tiempo, pero firmes en su voluntad de luchar, de buscar, de hallar y de no cejar" ATOLONES
Existen momentos en que nos vemos empujados a tomar decisiones difíciles y costosas sentimentalmente hablando, pues suponen tomar un rumbo diferente al que habíamos seguido hasta ese momento. Al ser humano se le hace difícil introducir cambios, incluso viviendo situaciones que lo hacen infeliz.
La casi totalidad de las especies están circunscritas a un nicho ecológico, relacionado con la climatología y su capacidad para sobrevivir, y difícilmente pueden pervivir en otro ecosistema sin extinguirse. Sólo el ser humano ha sido capaz de conquistar para sí territorios que le son hostiles, desde los desiertos yermos hasta los hielos perpetuos del ártico. De la misma forma, nosotros somos los únicos seres sobre la capa de la tierra que podemos adaptarnos a situaciones emocional y psicológicamente adversas. Igual que vivimos la felicidad podemos acostumbrarnos a convivir durante años con la infelicidad, la desmotivación y la desidia sin hacer absolutamente nada, tan sólo porque el hecho de plantearnos arriar nuestras velas y tomar nuevos rumbos nos acongoja y ancla al arrecife de la costumbre arraigada. Son miles los mares que nos rodean, millones las islas felices que nos esperan ahí fuera, pero optamos por la calma de nuestro atolón. ¿Por qué? Quizás porque nos sentimos más cómodos mezclados entre miles de personas, aunque nos sintamos anulados y solos, que pensando en salir a afrontar la soledad de la búsqueda, porque para encontrarnos a nosotros mismos debemos enfrentarnos con el voraz monstruo de la soledad que mora en lo más profundo de los océanos existentes más allá de nuestro atolón.
Pero sólo venciendo al monstruo es posible encontrar a otros seres que también se hayan enfrentado a él, y por tanto, seres plenos que ansían también encontrarse a sí mismos. Sólo ese tipo de personas merecen ser conocidas, pues sólo conviviendo con quienes son conscientes de su valía y su indiscutible singularidad es posible vivir en respeto y ecuanimidad. Aquí yace el secreto de la felicidad, en la consciencia de que se es singular y no mejor, de que se es uno con todo y que admitiendo nuestra soledad en el cosmos podemos realmente valorar la compañía y el amor incondicional a cuanto nos rodea.
Más allá de nuestro viejo y conocido arrecife de coral se divisan numerosas naves que nos esperan y que buscan nuestra compañía para así hacer más segura la travesía. Ellos ya hace un tiempo que arriaron las velas y tomaron la acertada decisión que les ha llevado a explorar nuevos mundos. Ellos, los jóvenes y viejos exploradores vitales nos recuerdan que no estamos solos en nuestra búsqueda, que el universo entero observa nuestro avance. Quizás asistamos a más de un naufragio, quizás nosotros mismos seamos devorados por el olvido. Sólo sabemos que la incertidumbre y el caos nos esperan allí fuera. ¿pero acaso es preferible la falsa seguridad que nos alberga a la verdad certera que mora más allá de este atolón llamado desidia?
PARADOJAS APARTEAyer sentí hablar por primera vez de la “paradoja de Hopkins”, y me sentí inmediatamente arrastrado por una fuerza que me obligaba a escuchar y absorber todo cuando el señor Hopkins iba enunciando a través de su voz robótica a la que nos tiene acostumbrados. “El universo está en retroceso y lo que se creía infinito, incluidos los agujeros negros, realmente no lo son, por tanto toda esa energía que absorbe, toda esa increíble fuerza se acaba consumiendo y desapareciendo”. Me quedé absorto, no soy físico, ¿pero qué hay de ese precepto con el que me educaron sobre la transformación de la energía, de su no destrucción y del infinito? Si yo me quedaba así, ¿Cómo debían de haberse quedado los físicos? Y si realmente todo puede destruirse, desaparecer, también todo por lo que vivíamos, todos nuestros sueños, nuestras obras, nuestros sentimientos, el amor, todo, todo desaparecería… Lo que más me impactó fue que más que agobiarme o deprimirme sentía una paz increíble. Realmente era liberador pensar que podíamos limitarnos a vivir nuestras intensas vidas sin pensar en lo que tenía que venir, pues si no hay nada, ¿de qué preocuparnos? Inmediatamente me asaltó otro pensamiento: en estos últimos diez años asistimos a un sin fin de informaciones que apuntan a extinciones masivas, a desastres naturales susceptibles de destruirnos, a un universo en retroceso que acabará tragándonos. ¿Será cosa de un milenialismo, eso sí, muchísimo más sofisticado que el que les tocó vivir a los resignados habitantes del año mil?
Paradojas aparte, ¿Y qué más da que todo se pierda para siempre si nos pasamos la mayor parte de nuestro ya de por sí poco tiempo intentando encontrarnos? ¿Y para aquellos que ni siquiera se pueden procurar el sustento diario, para los desheredados de la Tierra, habidos y por haber, qué les aporta de nuevo tener esta información? Al fin y al cabo, a ellos hace muchos años que se los tragó un agujero negro. De hecho su destrucción es doble, la que supone estar sometidos al olvido y la propia muerte. Eso me recuerda otro enunciado: “cuando un individuo cae en un agujero negro está muerto y vivo al mismo tiempo”.
Paradojas aparte, quizás me quita más el sueño el hecho de que exista desheredados, que perdamos nuestro poco tiempo buscándonos mientras destruimos el entorno que nos sustenta, que nuestros científicos inviertan su tiempo intentando averiguar lo que ha de venir y el por qué de ello (aunque me apasiona de manera brutal) en lugar de intentar buscar respuestas inmediatas que, superando los intereses económicos que siempre son a corto plazo, den soluciones reales que nos permitan no auto finiquitarnos bastante antes de que el universo desaparezca.
Así pues, ante tanta zozobra, quizás debiéramos dejar las paradojas aparte…
"CORREA DE TRASMISIÓN"Guy era de aquel tipo de personas en la que todos depositaban su confianza. Los que lo rodeaban solían acudir a él para expresar lo que tenían dentro y que no podían compartir con otras amistades incluso más allegadas. Guy había conseguido aceptar con el tiempo todo ese trasiego de historias que a los otros se les antojaban únicas y decisivas. Nunca puso en duda la importancia de cada una de esas historias para aquellos que las vivían de manera ahogada, pero siempre acarició la idea de que en general existía una incapacidad para gestionar los conflictos internos. Jamás se sintió mejor que nadie, no hubiera osado pensar que él sería mejor gestionando todas esas historias. Sin embargo se sabía fuerte y capaz de crecerse ante todas las adversidades. Siempre se había visto a sí mismo como un explorador que abría caminos.
No solía rehuir la confianza que en él se depositaba, pero sí tenía la sensación de que realmente no era correspondido con idéntico o similar interés. Todos hablaban y hablaban sobre su mundo interior pero nadie se interesaba por lo que él sentía. A lo largo de su vida fueron muchos lo que le dijeron que era especial pero casi nadie se interesó por averiguar qué era aquello que lo hacía tan singular. Para los otros era el perfecto anfitrión que los colmaba de atenciones, pero absolutamente nadie entendía lo que significaban esas atenciones ni qué las motivaba. Cuando Guy decía que no había otra forma de ofrecer su casa y su propia persona durante el tiempo que compartían, no entendían el verdadero significado de dicha entrega y muchas veces abusaban de ella.
Con el tiempo había logrado desterrar de sus pensamientos aquella sensación de vivir una especie de pseudo vida, motivada sobre todo por el absoluto interés con el que los que lo rodeaban contaban sus experiencias y por la poca atención que ponían en las de Guy. En el pasado se había sentido como alguien que miraba a través de la ventana. Sí, quizás sabiéndose fuerte y seguro, pero solapado por las aventuras cuasi épicas y explícitas que solía observar. Sus experiencias eran más implícitas y por tanto pasaban desapercibidas incluso para él mismo, aunque a veces aquellas fueran tanto o más interesantes que las que observaba a su alrededor. Esos pensamientos eran cosas del pasado, pero había algo que no había logrado olvidar: la sensación de que su vida parecía más una correa de transmisión en la que su papel parecía limitarse a dar la fuerza y la energía a otras personas sin obtener a cambio nada más que un ligero golpe de agradecimiento en la espalda. Pero él era mucho más que eso. Su fuerza era tan desbordante que podía ser no sólo esa correa de transmisión, sino todo el vehículo en su conjunto.
El tiempo había pasado y ya no podía conformarse con unas palmaditas en la espalda, ni con palabras de valoración carentes de contenido. Ya no quería seguir siendo el perfecto anfitrión, el chico que escuchaba absolutamente todo y que aguantaba los chaparrones que los otros justificaban con disculpas vanas. Ya no quería seguir siendo el que presentaba a otras personas que se convertían en verdaderos centros del universo, mientras él quedaba relegado al papel del tío majo, pero obligado a figurar en un segundo o tercer plano.
Guy no sabía cómo salir de ese papel tan rematadamente aburrido, pero sí sabía que no quería continuar siendo esa correa de transmisión por más tiempo. Las historias ajenas que en el pasado lo habían alimentado habían dejado de aportarle nutrientes y se sentía morir día tras día. Ahora él era capaz de escribir sus propias historias. El tiempo lo habían hecho sumamente creativo y gracias a esa capacidad de expresarse había logrado ir trascendiendo a la insustancialidad que parecía apropiarse de todo aquello que lo rodeaba. Se sabía un náufrago superviviente en mitad de un mar que lo iba cubriendo todo día tras día. Eso lo agobiaba, pero a la vez le daba fuerzas para seguir oteando el horizonte. Aunque mucho había perdido, era consciente de que mucho quedaba por venir. Quizás era ese su gran consuelo: podía mirar hacia delante y seguir navegando sin miedo a dejar abandonadas sus pertenencias para así poder cobrar fuerza, pues por primera vez existía respuesta a aquello que años atrás lo había agobiado: quizás él fuera una correa de transmisión, pero la fuerza que transmitía siempre lo había impulsado a seguir adelante y trascender. En ese preciso instante cayó en la cuenta de lo que había estado perdiendo durante todo ese tiempo, y por primera vez todo lo que lo rodeaba dejó de tener importancia y se descubrió a sí mismo brillando entre cientos de millones de seres.
"EL SASTRECILLO VALIENTE"Hay momentos en que la vida te sorprende, en que tu ensimismamiento es roto por situaciones que se antojan extrañas. Hay momentos en que el sencillo y natural acto de estar sentado esperando un autobús atrae hacia ti mensajes ocultos en forma de un fortuito acercamiento. Podía haber sido otro día, o, el mismo día pero a otra hora en la que dicha proximidad no implicara nada, pero fue en el momento exacto en que necesitaba ser rescatado de mis pensamientos abstractos y autosuficientes.
Debía ser la una menos diez del mediodía, y yo, como cada día, me senté a la sombra, esperando que el autobús pasara. Tenía puestos mis cascos y mis pensamientos habían tomado una dirección abstracta, cogiendo velocidades astronómicas. Mi único contacto con el mundo exterior eran mis ojos. En el banco de al lado me acompañaba un muchacho africano que no debía sobrepasar los veinte años. Había visto al sentarme que tenía un libro en las manos que iba leyendo con cierta dificultad, pero no atisbé de qué se trataba.
En mitad de uno de esos pensamientos veloces, algo frenó súbitamente mi viaje estelar. Miré hacia arriba y observé que el chico africano me preguntaba algo. Me quité los cascos y lo miré expectante. Me señalaba el libro y me preguntaba una palabra. Yo me quedé parado y durante unos segundos no pude entender cuál era su pregunta. Puse más atención y volví a pedirle que me formulara su duda. Me señalaba una frase del libro, y con cara de curiosidad, exclamó: “¿Que quiere decir gigante?” No pude más que sonreírle, y cuando logré salir de mi asombro observé el libro con idéntica curiosidad. Para mi sorpresa, descubrí que se trataba de uno de esos cuentos infantiles de veinte páginas, ilustrado a todo color con las escenas que la historia cuenta. Eran unas imágenes que me recordaron a los cuadros de Bruegel. La historia se titulaba “El Sastrecillo Valiente”. Su nivel de lengua era muy limitado, y con gestos le expliqué que un gigante era una persona muy grande. Se me ocurrió que quizás hablara francés, y le pregunté si me entendería si habláramos en dicha lengua. Una sonrisa le iluminó la cara y me contestó que sí. Se sentó a mi lado y me pasó el libro, exclamando: “montre moi”. Entonces tuve claro qué pretendía. ¡Quería que le enseñara a pronunciar las palabras! Cogí el cuento desde la primera página y comencé a desgranar la historia. Primero se la leía en francés y después, él, una vez desencriptadas las palabras, las repetía una y otra vez para aprender a pronunciarlas. Yo lo observaba entre maravillado y sin salir de mi asombro por la situación creada. Cada vez que le descubría el significado de las frases y palabras sonreía y reía como un niño que descubre un secreto inconfesable. Al final, cuando hubimos acabado el cuento, el muchacho puso cara de duda y me dijo: “es curioso, porque hablando francés, pensaba que el catalán era mucho más fácil de entender”. Yo me quedé completamente perplejo. Después de media hora con él, resultaba que lo que él creía estar aprendiendo era catalán. Reí sonoramente y le expliqué que le habían vendido un libro en castellano y que debía pedir explícitamente un cuento en catalán. Fue entonces cuando vi claro que acababa de llegar al país y que estaba dando sus primeros pasos. Sin embargo sus ganas de aprender eran enormes…
Realmente no sé por qué escribo esto. No esperéis ningún final aleccionador, ni una moraleja. No era yo en ese momento un profesor, o un integrador de la inmigración ni nada por el estilo… Tan sólo era alguien que compartía un momento con otra persona, que al igual que yo, esperaba el mismo autobús. Lo mejor de aquel instante frugal era eso, que tan sólo era un momento que pasaría y que vivía de una forma intensa. Su inocencia sí me impacto. Su impaciencia por aprender y obtener resultados, su esfuerzo por memorizar palabras que, por cierto, incluso tratándose de un cuento para niños, encontré bastante complicadas. En todo caso sí pude extraer una lección de todo lo acontecido: Cada vez que observo todo cuanto acontece a mi alrededor descubro que hay infinitos universos encerrados en las personas que nos acompañan, y aunque no las conozcamos, acercarme a ellos me abre un mundo con un sinfín de posibilidades. El simple hecho de leer con alguien de quien no llegué a saber ni su nombre me hace más humano.
(AUNQUE PAREZCA MENTIRA ESTA ES LA CANCIÓN QUE ESCUCHABA CUANDO ME VI INMERSO EN ESTA HISTORIA) "mad about the boy"Después de un invierno seco, la lluvia primaveral trajo consigo vientos de cambio a la anodina vida de Ed. Mientras observaba como las gotas empañaban los cristales de su ventana formando pequeñas caras de agua que parecían sonreírle, le vino a la memoria la sonrisa de Marc la primera vez que los presentaron. Pero aquellos tiempos parecían lejanos. Fueron buenos tiempos, fue de hecho su tiempo, el único en qué recordaba haber vivido despreocupadamente sin sentir temor alguno. Marc era el mejor amigo de su compañera de piso, y cuando un buen día se presentó sin previo aviso en su casa, cuando Verónica pronunció el inevitable “te presento a”, todos los “pero”, los “y si”, y todos los prejuicios de Ed, desaparecieron dejándolo indefenso. A medida que la conversación iba avanzando y la botella de vino bajaba, sus miradas al principio tímidas se fueron transformando de la curiosidad a la admiración por las palabras del otro, y de ahí al deseo por descubrir lo que a ellos se les antojaba un tesoro enterrado que debían sacar a la superficie.
La primavera dio paso al verano repleto de largas tardes en las que ambos dieron rienda suelta a sus fantasías. Los límites parecían haber desaparecido y la palabra imposible borrada del diccionario. El ansia por descubrir cada centímetro de sus mentes y de sus cuerpos no parecía tener fin. Pero todo verano ha de dar el testigo al otoño, y con él llegó el “pero”. Marc debía de volver a su ciudad. Ambos sabían que eso pasaría pero eso no hizo menos difícil el “hasta luego”. Se prometieron estar en contacto tanto como fuera posible. No importaban los mil quinientos quilómetros que los separaban si sus corazones estaban tan próximos. . Durante los tres primeros meses que siguieron a su despedida, no pasaba día sin que se telefonearan al menos una vez. En Diciembre estuvieron a punto de volver a verse, pero la repentina hospitalización de la madre de Marc lo impidió. En Marzo, Ed tenía previsto hacer un master en Chicago, y siguiendo el guión marcado por la razón, marchó, cuando su corazón le decía: “ve a por él”. Durante ese tiempo, las llamadas se fueron espaciando, y si bien seguían pensando el uno en el otro, poco a poco un sentimiento práctico se fue apoderando de ellos. Durante ese tiempo, ambos conocieron a otras personas y fueron olvidando las promesas y sueños.
Al principio todo era fácil, pero siempre les faltaba esa sensación que sólo experimentaban el uno con el otro, pero había que ser realista… El tiempo fue pasando y las llamadas se fueron espaciando más y más hasta que al final perdieron el contacto. ¿cómo podía haberles pasado algo así? Se conformaron con una realidad asequible que los hacía infelices, pero eso es lo que se esperaba de ellos.
Ed sabía que el tiempo les había arrebatado toda esperanza y que los sueños sólo eran eso, imágenes de lo que podía haber sido y nunca fue. Atrás quedaban las largas tardes de verano, los paseos con bicicleta con sus meriendas campestres en las que los problemas huían, consiguiendo moldear la realidad a su gusto.
Fue pasando el tiempo entre relaciones más o menos esporádicas que siempre perdían ante la fatídica comparación. Habían pasado diez años, pero ambos seguían teniéndose presentes.
Un sonido lejano sacó a Ed de su ensimismamiento. Al principio no pudo identificar de qué se trataba, hasta que calló en la cuenta de que había dejado el inalámbrico en la cocina. Entró con un sentimiento de hastío por haber sido despertado tan repentinamente de su ensoñación. Al otro lado de la línea una voz familiar lo hizo ponerse en guardia. Reconocería la voz de Marc entre un millón, pero no podía ser él. - ¿Marc? -Pronunció Ed sintiéndose estúpido y vulnerable. –Si, Ed, soy Marc. He conseguido tu teléfono a través de Verónica. La encontré casualmente en una cafetería… He venido a hacer unas conferencias en Barcelona. Hace mucho tiempo que pienso que hemos de romper este silencio que arrastramos desde hace años, y, ¿qué mejor ocasión que esta? –Marc parecía tan seguro y espontáneo como la primera vez que Ed lo vió, lo cual lo dejaba sin palabras. Tantos años sin saber de él, sin atreverse a ir en su búsqueda y ahora lo tenía en la misma ciudad. ¿Qué podía hacer? Sin dejar contestar a Ed, Marc siguió hablando. –Ed, nunca te he olvidado y aunque ahora tenemos diez años más nada ni nadie ha conseguido eclipsarte… -El corazón y la mente de Ed se habían convertido en un solo miembro que se había disparado. Por un momento pudo tranquilizarse y reaccionar. –Marc… Yo tampoco te he podido olvidar jamás, y no será porque no lo he intentado. Quizás tengamos diez años más y vidas y caminos diferentes pero siempre te he llevado conmigo. Creo que tenemos muchas cosas que decirnos. ¿Cenamos? –Tras quedar en un restaurante cercano que ambos conocían y despedirse con un sencillo “hasta ahora”, Ed colgó y se volvió a quedar pensativo, viendo como las gotas de lluvia repiqueteaban contra los cristales de la cocina. Todo parecía demasiado casual y precipitado. Los años habían pasado, ¿qué podía salir de todo aquello? Quizás todo, quizás nada, pero, ¿qué podía hacer? A pesar de los años y la distancia seguía estando loco por el chico.
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